Dienstag, 3. November 2015

Editorial - PT: el gran fracaso del oportunismo (De A Nova Democracia de Brasil, Año XIV, nº 160, 1ª quincena de noviembre de 2015, traducido del portugués al español por la misma redacción del períodico)



Editorial - PT: el gran fracaso del oportunismo 

(De  A Nova Democracia de Brasil, Año XIV, nº 160, 1ª quincena de noviembre de 2015, traducido del portugués al español por la misma redacción del períodico)
 
No, no es la actual coyuntura putrefacta que nos lleva a afirmar que el PT fracasó. Ella es, simplemente, la manifestación del fenómeno en toda su extensión y alcance, cuando aquello que en un momento anterior era una señal, ahora es un hecho concreto.
Mucho antes de la crisis económica que hunde el país instalarse con todos sus indicadores; mucho antes de la crisis política que tornó trivial y común en la política oficial el descaramiento, la desfachatez, la mentira, la corrupción, y finalmente, el vale todo, revelar claramente que los de abajo no aceptan más vivir como antes, de engaño a engaño, y que los de arriba no consiguen más seguir dominando como antes, el PT ya estaba condenado al fracaso. La crisis moral que avergüenza la nación, inmersa en el lodo en el cual se hunden las instituciones del viejo Estado — en que las siglas del Partido Único riñen en una verdadera “bolsa de gatos” y, a la vez, firman acuerdos en altas de la noche para librarse unos a los otros, como ocurrió en la CPI de la Petrobras y en los arreglos de Luiz Inácio con Eduardo Cunha —, es apenas la exposición a la luz del día de los intestinos de un sistema de explotación y opresión anacrónico que se niega a desaparecer.

Cuando, en julio de 2002, la edición número uno de AND ya advertía que las cuatro principales candidaturas al pleito presidencial (en el caso, Serra, Garotinho, Ciro Gomes y Luiz Inácio) eran “harina del mismo costal”, adelantábamos que, al firmar el documento, presentado por Cardoso — el cual establecía el total sometimiento del candidato electo a las imposiciones del imperialismo —, aquellos postulantes se igualaban al someterse a la política de sumisión nacional impuesta por el imperialismo yanqui.

Contando en su coalición desde una cuota de la gran burguesía, representada por su vice José Alencar, y con el aval de la casi totalidad de las fuerzas dichas de “izquierda”, Luiz Inácio llega a la gestión del Estado, rápidamente demostrando a que vino en sus primeros seis meses en el ejercicio del cargo, siendo, por lo tanto, desenmascarado por AND en su edición de número 10 (junio de 2003), con el titular ‘Gobierno Lula es un fraude’.

En su editorial, AND fundamentaba su denuncia aclarando a sus lectores que “Las oligarquías envían para el aparato estatal y gubernamental sus representantes, defensores y apologistas, entre ellos desertores de otras clases, formados a lo largo de las batallas trabadas contra el pueblo. Por eso, el petismo es la fusión de las ‘teorías tolerables’ con la ‘virtud pagada con el bien’, o sea, de la renuncia y de la afiliación al ‘bien’ del imperio. Comporta superstición, populismo, demagogia, servicios de intriga, delación, huelgas administradas y el sindicalismo domesticado con sus confederaciones conectadas a la CIOLS — esa central manipulada por USA, su gran aspiración, única fuerza... transcendental”.

Y, ya anteviendo lo que vendría a acontecer (y que de hecho no demoró a acontecer) con la implicación petista con los negocios de las clases dominantes, adelantábamos que “La élite petista, una escoria salida de la pequeña burguesía tecnocrática, fue absorbida, esto sí, por los especialistas en negocios del gobierno y admitida en la administración auxiliar del imperialismo en nuestro país, principalmente, firmando un continuismo regido a la manera de los ayuntamientos municipales que se someten al poder centralizador, dominante. No por casualidad, la dirección petista, cuando aún ensayaba los modos debutantes que adoptaría en la rampa del poder, marcó orgullosa su primera medida — la de reconocer obediencia al capital monopolista internacional”.

Trece años después vamos a encontrar el despojo de un proyecto hijo de la conciliación de clases que, ideológicamente, se vincula a la convergencia entre las tesis de la transición pacífica del revisionismo moderno kruschovista con las tesis imperialistas de la Cepal bajo la estrategia de la “Alianza para el progreso” y todas las combinaciones oportunistas de ahí derivadas. De ahí que el fracaso petista es, también, el fracaso de las tendencias trotskistas, revisionistas y socialdemócratas, hoy abrigadas en siglas cuyas denominaciones nada dicen de su contenido ideológico, tales como PSTU, PCO, PSOL, PCdoB, Red, PCB y otros insignificantes que, durante todo este periodo o en parte de él, respaldaron el embuste.

Si por un lado es de lamentarse el alto precio pagado por la nación y por el pueblo brasileño, por otro es preciso reconocer que la historia anda por caminos tortuosos, donde los fracasos y las crisis abren pasaje a lo nuevo lanzando abruptamente sus fuerzas para el frente. Objetivamente, hoy, las masas populares, el proletariado, el campesinado, la pequeña y media burguesías, las clases oprimidas y explotadas, al tomar cada vez más conciencia del engaño a que estuvieron sometidas bajo la farsa de la gestión petista, se movilizan, politizan y organizan dándose cuenta, cada vez más, que estuvieron secularmente sometidas y que no pudieron, por falta de una correcta dirección, triunfar en sus revueltas anteriores. Y por esto aún, ellas se encuentran en la búsqueda y claman por una dirección que levante la nueva bandera, que apunte el rumbo nuevo, que afirme que es posible un Brasil Nuevo, libre de toda esta podredumbre. Claman por la dirección revolucionaria que tenga el coraje de afirmar la Revolución como único camino posible para librar el Brasil de la secular condición semicolonial y semifeudal, causa de todas las desgracias de nuestra gente siempre empobrecida y garantía de los privilegios de una minoría rica, explotadora y opresora.

Actualmente, en Brasil, la politiquería, más sinvergüenza que nunca, que se ríe de nuestro pueblo con su calesita de inmundicias, chantajeando unos a los otros (gobierno y oposición) en la riña por decidir quién caerá y quien seguirá enganchado en el tope del viejo Estado. Inclusive parece no importarse con la cruzada por moralización que los verdaderos dueños del poder mueven, asustados con el nivel de descomposición y desmoralización a que se llegó en las instituciones de su sistema de explotación y, principalmente, temerosos con un posible tsunami de revueltas que tal situación prepara y anuncia. Sin embargo, más indiferente aún, la politiquería se muestra con la desgracia cotidiana que aumenta sobre el pueblo. Entonces, “que se joda el pueblo”! Pues las “medidas de ajustes” serán inevitablemente tomadas como reza el abecedario del imperialismo.

Pero, mientras tanto, lo que fermenta entre el pueblo podrá, mucho antes de lo que se imagina, gestar y parir la dirección que anuncie y reafirme la promesa y esperanza del nuevo mundo, la promesa y los actos de la Revolución Democrática en nuestro país.