Monday, August 8, 2022

PERIÓDICO INTERNACIONAL COMUNISTA: Federico Engels – Introducción a La Dialéctica de la Naturaleza

 




6. August 2022

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Introducción a La Dialéctica de la Naturaleza

Las modernas Ciencias Naturales, las únicas, han alcanzado un desarrollo científico, sistemático y completo, en contraste con las geniales intuiciones filosóficas que los antiguos aventuraran acerca de la naturaleza, y con los descubrimientos de los árabes, muy importantes pero esporádicos y en la mayoría de los casos perdidos sin resultado; las modernas Ciencias Naturales, como casi toda la nueva historia, datan de la gran época que nosotros, los alemanes, llamamos la Reforma —según la desgracia nacional que entonces nos aconteciera—, los franceses Renaissance y los italianos Cinquencento, si bien ninguna de estas denominaciones refleja con toda plenitud su contenido. Es ésta la época que comienza con la segunda mitad del siglo XV. El poder real, apoyándose en los habitantes de las ciudades, quebrantó el poderío de la nobleza feudal y estableció grandes monarquías, basadas esencialmente en el principio nacional y en cuyo seno se desarrollaron las naciones europeas modernas y la moderna sociedad burguesa. Mientras los habitantes de las ciudades y los nobles hallábanse aún enzarzados en su lucha, la guerra campesina en Alemania apuntó proféticamente las futuras batallas de clase: en ella no sólo salieron a la arena los campesinos insurrecionados —esto no era nada nuevo—, sino que tras ellos aparecieron los antecesores del proletariado moderno, enarbolando la bandera roja y con la reivindicación de la propiedad común de los bienes en sus labios. En los manuscritos salvados en la caída de Bizancio, en las estatuas antiguas excavadas en las ruinas de Roma, un nuevo mundo —la Grecia antigua— se ofreció a los ojos atónitos de Occidente. Los espectros del medioevo se desvanecieron ante aquellas formas luminosas; en Italia se produjo un inusitado florecimiento del arte, que vino a ser como un reflejo de la antigüedad clásica y que jamás volvió a repetirse. En Italia, Francia y Alemania nació una Literatura nueva, la primera literatura moderna. Poco después llegaron las épocas clásicas de la literatura en Inglaterra y en España. Los límites del viejo «orbis terrarum» fueron rotos; sólo entonces fue descubierto el mundo, en el sentido propio de la palabra, y se sentaron las bases para el subsecuente comercio mundial y para el paso del artesanado a la manufactura, que a su vez sirvió de punto de partida a la gran industria moderna. Fue abatida la dictadura espiritual de la Iglesia; la mayoría de los pueblos germanos se sacudió su yugo y abrazó la religión protestante, mientras que entre los pueblos románicos iba echando raíces cada vez más profundas y desbrozando el camino al materialismo del siglo XVIII una serena libertad de pensamiento heredada de los árabes y nutrida por la filosofía griega, de nuevo descubierta.

Fue ésta la mayor revolución progresiva que la humanidad había conocido hasta entonces; fue una época que requería titanes y que engendró titanes por la fuerza del pensamiento, por la pasión y el carácter, por la universalidad y la erudición. De los hombres que echaron los cimientos del actual dominio de la burguesía podrá decirse lo que se quiera, pero, en ningún modo, que pecasen de limitación burguesa. Por el contrario: todos ellos se hallaban dominados, en mayor o menor medida, por el espíritu de aventuras inherente a la época. Entonces casi no había ni un solo gran hombre que no hubiera realizado lejanos viajes, no hablara cuatro o cinco idiomas y no brillase en varios dominios de la ciencia y de la técnica. Leonardo de Vinci no sólo fue un gran pintor, sino un eximio matemático, mecánico e ingeniero, al que debemos importantes descubrimientos en las más distintas ramas de la física. Alberto Durero fue pintor, grabador, escultor, arquitecto y, además, ideó un sistema de fortificación que encerraba pensamientos desarrollados mucho después por Montalembert y la moderna ciencia alemana de la fortificación. Maquiavelo fue hombre de Estado, historiador, poeta y, por añadidura, el primer escritor militar digno de mención de los tiempos modernos. Lutero no sólo limpió los establos de Augías de la Iglesia, sino también los del idioma alemán, fue el padre de la prosa alemana contemporánea y compuso la letra y la música del himno triunfal que llegó a ser “La Marsellesa” del siglo XVI. Los héroes de aquellos tiempos aún no eran esclavos de la división del trabajo, cuya influencia comunica a la actividad de los hombres, como podemos observarlo en muchos de sus sucesores, un carácter limitado y unilateral. Lo que más caracterizaba a dichos héroes era que casi todos ellos vivían plenamente los intereses de su tiempo, participaban de manera activa en la lucha práctica, se sumaban a un partido u otro y luchaban, unos con la palabra y la pluma, otros con la espada y otros con ambas cosas a la vez. De aquí la plenitud y la fuerza de carácter que les daba tanta entereza. Los sabios de gabinete eran en el entonces una excepción; eran hombres de segunda o tercera fila o prudentes filisteos que no deseaban pillarse los dedos.

En aquellos tiempos también las Ciencias Naturales se desarrollaban en medio de la revolución general y eran revolucionarias hasta lo más hondo, pues aún debían conquistar el derecho a la existencia. Al lado de los grandes italianos que dieron nacimiento a la nueva filosofía, las Ciencias Naturales dieron sus mártires a las hogueras y las prisiones de la Inquisición. Es de notar que los protestantes aventajaron a los católicos en sus persecuciones contra la investigación libre de la naturaleza. Calvino quemó a Servet cuando éste se hallaba ya en el umbral del descubrimiento de la circulación de la sangre y lo tuvo dos horas asándose vivo; la Inquisición, por lo menos, se dio por satisfecha con quemar simplemente a Giordano Bruno.

El acto revolucionario con que las Ciencias Naturales declararon su independencia y parecieron repetir la acción de Lutero cuando éste quemó la bula del papa, fue la publicación de la obra inmortal en que Copérnico, si bien tímidamente, y, por decirlo así, en su lecho de muerte, arrojó el guante a la autoridad de la Iglesia en las cuestiones de la naturaleza. De aquí data la emancipación de las Ciencias Naturales respecto a la teología, aunque la lucha por algunas reclamaciones recíprocas se ha prolongado hasta nuestros días y en ciertas mentes aún hoy dista mucho de haber terminado. Pero a partir de entonces se operó, a pasos agigantados, el desarrollo de la ciencia, y puede decirse que este desarrollo se ha intensificado proporcionalmente al cuadrado de la distancia (en el tiempo) que lo separa de su punto de partida. Pareció como si huhiera sido necesario demostrar al mundo que a partir de entonces para el producto supremo de la materia orgánica, para el espíritu humano, regía una ley del movimiento que era inversa a la ley del movimiento que regía para la materia inorgánica.

La tarea principal en el primer período de las Ciencias Naturales, período que acababa de empezar, consistía en dominar el material que se tenía a mano. En la mayor parte de las ramas hubo que empezar por lo más elemental. Todo lo que la antigüedad había dejado en herencia eran Euclides y el sistema solar de Ptolomeo, y los árabes, la numeración decimal, los rudimentos del álgebra, los numerales modernos y la alquimia; el medioevo cristiano no había dejado nada. En tal situación era inevitable que el primer puesto lo ocuparan las Ciencias Naturales más elementales: la mecánica de los cuerpos terrenos y celestes y, al mismo tiempo, como auxiliar de ella, el descubrimiento y el perfeccionamiento de los métodos matemáticos. En este dominio se consiguieron grandes realizaciones. A fines de este período, caracterizado por Newton y Linneo, vemos que estas ramas de la ciencia han llegado a cierto tope. En lo fundamental fueron establecidos los métodos matemáticos más importantes: la geometría analítica, principalmente por Descartes, los logaritmos, por Napier, y los cálculos diferencial e integral, por Leibniz y, quizá, por Newton. Lo mismo puede decirse de la mecánica de los cuerpos sólidos, cuyas leyes principales fueron halladas de una vez y para siempre. Finalmente, en la astronomía del sistema solar, Kepler descubrió las leyes del movimiento planetario, y Newton las formuló desde el punto de vista de las leyes generales del movimiento de la materia. Las demás ramas de las Ciencias Naturales estaban muy lejos de haber alcanzado incluso este tope preliminar. La mecánica de los cuerpos líquidos y gaseosos sólo fue elaborada con mayor amplitud a fines del período indicado. [Torricelli en conexión con la regulación de los torrentes de los Alpes]. La física propiamente dicha se hallaba aún en pañales, excepción hecha de la óptica, que alcanzó realizaciones extraordinarias, impulsada por las necesidades prácticas de la astronomía. La química acababa de liberarse de la alquimia merced a la teoría del flogisto. La geología aún no había salido del estado embrionario que representaba la mineralogía, y por ello la paleontología no podía existir aún. Finalmente, en el dominio de la biología la preocupación principal era todavía la acumulación y clasificación elemental de un inmenso acervo de datos no sólo botánicos y zoológicos, sino también anatómicos y fisiológicos en el sentido propio de la palabra. Casi no podía hablarse aún de la comparación de las distintas formas de vida ni del estudio de su distribución geográfica, condiciones climatológicas y demás condiciones de existencia. Aquí únicamente la botánica y la zoología, gracias a Linneo, alcanzaron una estructuración relativamente acabada.

Pero lo que caracteriza mejor que nada este período es la elaboración de una peculiar concepción general del mundo, en la que el punto de vista más importante es la idea de la inmutabilidad absoluta de la naturaleza. Según esta idea, la naturaleza, independientemente de la forma en que hubiese nacido, una vez presente permanecía siempre inmutable, mientras existiera. Los planetas y sus satélites, una vez puestos en movimiento por el misterioso «primer impulso», seguían eternamente, o por lo menos hasta el fin de todas las cosas, sus elipses prescritas. Las estrellas permanecían eternamente fijas e inmóviles en sus sitios, manteniéndose unas a otras en ellos en virtud de la «gravitación universal». La Tierra permanecía inmutable desde que apareciera o —según el punto de vista— desde su creación. Las «cinco partes del mundo» habían existido siempre, y siempre habían tenido los mismos montes, valles y ríos, el mismo clima, la misma flora y la misma fauna, excepción hecha de lo cambiado o transplantado por el hombre. Las especies vegetales y animales habían sido establecidas de una vez para siempre al aparecer, cada individuo siempre producía otros iguales a él, y Linneo hizo ya una gran concesión al admitir que en algunos lugares, gracias al cruce, podían haber surgido nuevas especies. En oposición a la historia de la humanidad, que se desarrolla en el tiempo, a la historia natural se le atribuía exclusivamente el desarrollo en el espacio. Se negaba todo cambio, todo desarrollo en la naturaleza. Las Ciencias Naturales, tan revolucionarias al principio, se vieron frente a una naturaleza conservadora hasta la médula, en la que todo seguía siendo como había sido en el principio y en la que todo debía continuar, hasta el fin del mundo o eternamente, tal y como fuera desde el principio mismo de las cosas.

Las Ciencias Naturales de la primera mitad del siglo XVIII se hallaban tan por encima de la antigüedad griega en cuanto al volumen de sus conocimientos e incluso en cuanto a la sistematización de los datos, como por debajo en cuanto a la interpretación de los mismos, en cuanto a la concepción general de la naturaleza. Para los filósofos griegos el mundo era, en esencia algo surgido del caos, algo que se había desarrollado, que había llegado a ser. Para todos los naturalistas del período que estamos estudiando el mundo era algo osificado, inmutable, y para la mayoría de ellos algo creado de golpe. La ciencia estaba aún profundamente empantanada en la teología. En todas partes buscaba y encontraba como causa primera un impulso exterior, que no se debía a la propia naturaleza. Si la atracción, llamada pomposamente por Newton gravitación universal, se concibe como una propiedad esencial de la materia, ¿de dónde proviene la incomprensible fuerza tangencial que dio origen a las órbitas de los planetas? ¿Cómo surgieron las innumerables especies vegetales y animales? ¿Y cómo, en particular, surgió el hombre, respecto al cual se está de acuerdo en que no existe de toda la eternidad? Al responder a estas preguntas, las Ciencias Naturales se limitaban con harta frecuencia a hacer responsable de todo al creador. Al comienzo de este período, Copérnico expulsó de la ciencia la teología; Newton cierra esta época con el postulado del primer impulso divino. La idea general más elevada alcanzada por las Ciencias Naturales del período considerado es la de la congruencia del orden establecido en la naturaleza, la teleología vulgar de Wolff, según la cual los gatos fueron creados para devorar a los ratones, los ratones para ser devorados por los gatos y toda la naturaleza para demostrar la sabiduría del creador. Hay que señalar los grandes méritos de la filosofía de la época que, a pesar de la limitación de las Ciencias Naturales contemporáneas, no se desorientó y —comenzando por Spinoza y acabando por los grandes materialistas franceses— esforzóse tenazmente para explicar el mundo partiendo del mundo mismo y dejando la justificación detallada de esta idea a las Ciencias Naturales del futuro.

Incluyo también en este período a los materialistas del siglo XVIII, porque no disponían de otros datos de las Ciencias Naturales que los descritos más arriba. La obra de Kant, que posteriormente hiciera época, no llegaron a conocerla, y Laplace apareció mucho después de ellos. No olvidemos que si bien los progresos de la ciencia abrieron numerosas brechas en esa caduca concepción de la naturaleza, toda la primera mitad del siglo XIX se encontró, pese a todo, bajo su influjo [«El carácter osificado de la vieja concepción de la naturaleza ofreció el terreno para la síntesis y el balance de las Ciencias Naturales como un todo íntegro: los enciclopedistas franceses, lo hicieron de un modo mecánico, lo uno al lado del otro; luego aparecen Saint-Simon y la filosofía alemana de la naturaleza, a la que Hegel dio cima»], en esencia, incluso hoy continúan enseñándola en todas las escuelas

La primera brecha en esta concepción fosilizada de la naturaleza no fue abierta por un naturalista, sino por un filósofo. En 1755 apareció la “Historia universal de la naturaleza y teoría del cielo” de Kant. La cuestión del primer impulso fue eliminada; la Tierra y todo el sistema solar aparecieron como algo que había devenido en el transcurso del tiempo. Si la mayoría aplastante de los naturalistas no hubiese sentido hacia el pensamiento la aversión que Newton expresara en la advertencia: «¡Física, ten cuidado de la metafísica!», el genial descubrimiento de Kant les hubiese permitido hacer deducciones que habrían puesto fin a su interminable extravío por sinuosos vericuetos y ahorrado el tiempo y el esfuerzo derrochados copiosamente al seguir falsas direcciones, porque el descubrimiento de Kant era el punto de partida para todo progreso ulterior. Si la Tierra era algo que había devenido, algo que también había devenido eran su estado geológico, geográfico y climático, así como sus plantas y animales; la Tierra no sólo debía tener su historia de coexistencia en el espacio, sino también de sucesión en el tiempo. Si las Ciencias Naturales hubieran continuado sin tardanza y de manera resuelta las investigaciones en esta dirección, hoy estarían mucho más adelantadas. Pero, ¿qué podría dar de bueno la filosofía? La obra de Kant no proporcionó resultados inmediatos, hasta que, muchos años después, Laplace y Herschel no desarrollaron su contenido y no la fundamentaron con mayor detalle, preparando así, gradualmente, la admisión de la «hipótesis de las nebulosas». Descubrimientos posteriores dieron, por fin, la victoria a esta teoría; los más importantes entre dichos descubrimientos fueron: el del movimiento propio de las estrellas fijas, la demostración de que en el espacio cósmico existe un medio resistente y la prueba, suministrada por el análisis espectral, de la identidad química de la materia cósmica y la existencia —supuesta por Kant— de masas nebulosas incandescentes. [La influencia retardadora de las mareas en la rotación de la Tierra, también supuesta por Kant, sólo ahora ha sido comprendida.]

Sin embargo, puede dudarse de que la mayoría de los naturalistas hubiera adquirido pronto conciencia de la contradicción entre la idea de una Tierra sujeta a cambios y la teoría de la inmutabilidad de los organismos que se encuentran en ella, si la naciente concepción de que la naturaleza no existe simplemente sino que se encuentra en un proceso de devenir y de cambio no se hubiera visto apoyada por otro lado. Nació la geología y no sólo descubrió estratos geológicos formados unos después de otros y situados unos sobre otros, sino la presencia en ellos de caparazones, de esqueletos de animales extintos y de troncos, hojas y frutos de plantas que hoy ya no existen. Se imponía reconocer que no sólo la Tierra, tomada en su conjunto, tenía su historia en el tiempo, sino que también la tenían su superficie y los animales y plantas en ella existentes. Al principio esto se reconocía de bastante mala gana. La teoría de Cuvier acerca de las revoluciones de la Tierra era revolucionaria de palabra y reaccionaria de hecho. Sustituía un único acto de creación divina por una serie de actos de creación, haciendo del milagro una palanca esencial de la naturaleza. Lyell fue el primero que introdujo el sentido común en la geología, sustituyendo las revoluciones repentinas, antojo del creador, por el efecto gradual de una lenta transformación de la Tierra.

La teoría de Lyell era más incompatible que todas las anteriores con la admisión de la constancia de especies orgánicas. La idea de la transformación gradual de la corteza terrestre y de las condiciones de vida en la misma llevaba de modo directo a la teoría de la transformación gradual de los organismos y de su adaptación al medio cambiante, llevaba a la teoría de la variabilidad de las especies. Sin embargo, la tradición es una fuerza poderosa, no sólo en la Iglesia católica, sino también en las Ciencias Naturales. Durante largos años el mismo Lyell no advirtió esta contradicción, y sus discípulos, mucho menos. Ello fue debido a la división del trabajo que llegó a dominar por entonces en las Ciencias Naturales, en virtud de la cual cada investigador se limitaba, más o menos, a su especialidad, siendo muy contados los que no perdieron la capacidad de abarcar el todo con su mirada.

Mientras tanto, la física había hecho enormes progresos, cuyos resultados fueron resumidos casi simultáneamente por tres personas en 1842, año que hizo época en esta rama de las Ciencias Naturales. Mayer, en Heilbronn, y Joule, en Mánchoster, demostraron la transformación del calor en fuerza mecánica y de la fuerza mecánica en calor. La determinación del equivalente mecánico del calor puso fin a todas las dudas al respecto. Mientras tanto Grove, que no era un naturalista de profesión, sino un abogado inglés, demostraba, mediante una simple elaboración de los resultados sueltos ya obtenidos por la física, que todas las llamadas fuerzas físicas —la fuerza mecánica, el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo, e incluso la llamada energía química— se transformaban unas en otras en determinadas condiciones, sin que se produjera la menor pérdida de energía. Grove probó así, una vez más, con método físico, el principio formulado por Descartes al afirmar que la cantidad de movimiento existente en el mundo es siempre la misma. Gracias a este descubrimiento, las distintas fuerzas físicas, estas «especies» inmutables, por así decirlo, de la física, se diferenciaron en distintas formas del movimiento de la materia, que se transformaban unas en otras siguiendo leyes determinadas. Se desterró de la ciencia la casualidad de la existencia de tal o cual cantidad de fuerzas físicas, pues quedaron demostradas sus interconexiones y transiciones. La física, como antes la astronomía, llegó a un resultado que apuntaba necesariamente el ciclo eterno de la materia en movimiento como la úItima conclusión de la ciencia.

El desarrollo maravillosamente rápido de la química desde Lavoisier y, sobre todo, desde Dalton, atacó, por otro costado, las viejas concepciones de la naturaleza. La obtención por medios inorgánicos de compuestos que hasta entonces sólo se habían producido en los organismos vivos, demostró que las leyes de la química tenían la misma validez para los cuerpos orgánicos que para los inorgánicos y salvó en gran parte el supuesto abismo entre la naturaleza inorgánica y la orgánica, abismo que ya Kant estimaba insuperable por los siglos de los siglos.

Finalmente, también en la esfera de las investigaciones biológicas, sobre todo los viajes y las expediciones científicas organizados de modo sistemático a partir de mediados del siglo pasado, el estudio más meticuloso de las colonias europeas en todas las partes del mundo por especialistas que vivían allí, y, además, las realizaciones de la paleontología, la anatomía y la fisiología en general, sobre todo desde que empezó a usarse sistemáticamente el microscopio y se descubrió la célula; todo esto ha acumulado tantos datos, que se ha hecho posible —y necesaria— la aplicación del método comparativo. De una parte, la geografía física comparada permitió determinar las condiciones de vida de las distintas floras y faunas; de otra parte, se comparó unos con otros distintos organismos según sus órganos homólogos, y por cierto no sólo en el estado de madurez, sino en todas las fases de su desarrollo. Y cuanto más profunda y exacta era esta investigación, tanto más se esfumaba el rígido sistema que suponía la naturaleza orgánica inmutable y fija. No sólo se iban haciendo más difusas las fronteras entre las distintas especies vegetales y animales, sino que se descubrieron animales, como el anfioxo y la lepidosirena que parecían mofarse de toda la clasificación existente hasta entonces [Ceratodus. Ditto archeopteryx, etc.]; finalmente, fueron hallados organismos de los que ni siquiera se puede decir si pertenecen al mundo animal o al vegetal. Las lagunas en los anales de la paleontología iban siendo llenadas una tras otra, lo que obligaba a los más obstinados a reconocer el asombroso paralelismo existente entre la historia del desarrollo del mundo orgánico en su conjunto y la historia del desarrollo de cada organismo por separado, ofreciendo el hilo de Ariadna, que debía indicar la salida del laberinto en que la botánica y la zoología parecían cada vez más perdidas. Es de notar que casi al mismo tiempo que Kant atacaba la doctrina de la eternidad del sistema solar, C. F. Wolff desencadenaba, en 1759, el primer ataque contra la teoría de la constancia de las especies y proclamaba la teoría de la evolución. Pero lo que en él sólo era una anticipación brillante tomó una forma concreta en manos de Oken, Lamarck y Baer y fue victoriosamente implantado en la ciencia por Darwin, en 1859, exactamente cien años después. Casi al mismo tiempo quedó establecido que el protoplasma y la célula, considerados hasta entonces como los últimos constituyentes morfológicos de todos los organismos, eran también formas orgánicas inferiores con existencia independiente. Todas estas realizaciones redujeron al mínimo el abismo entre la naturaleza inorgánica y la orgánica y eliminaron uno de los principales obstáculos que se alzaban ante la teoría de la evolución de los organismos. La nueva concepción de la naturaleza hallábase ya trazada en sus rasgos fundamentales: toda rigidez se disolvió, todo lo inerte cobró movimiento, toda particularidad considerada como eterna resultó pasajera, y quedó demostrado que la naturaleza se mueve en un flujo eterno y cíclico.

Y así hemos vuelto a la concepción del mundo que tenían los grandes fundadores de la filosofía griega, a la concepción de que toda la naturaleza, desde sus partículas más ínfimas hasta sus cuerpos más gigantescos, desde los granos de arena hasta los soles, desde los protistas hasta el hombre, se halla en un estado perenne de nacimiento y muerte, en flujo constante, sujeto a incesantes cambios y movimientos. Con la sola diferencia esencial de que lo que fuera para los griegos una intuición genial es en nuestro caso el resultado de una estricta investigación científica basada en la experiencia y, por ello, tiene una forma más terminada y más clara. Es cierto que la prueba empírica de este movimiento cíclico no está exenta de lagunas, pero éstas, insignificantes en comparación con lo que se ha logrado ya establecer firmemente, son menos cada año. Además, ¿cómo puede estar dicha prueba exenta de lagunas en algunos detalles si tomamos en consideración que las ramas más importantes del saber —la astronomía transplanetaria, la química, la geología— apenas si cuentan un siglo, que la fisiología comparada apenas si tiene cincuenta años y que la forma básica de casi todo desarrollo vital, la célula, fue descubierta hace menos de cuarenta?

Los innumerables soles y sistemas solares de nuestra isla cósmica, limitada por los anillos estelares extremos de la Vía Láctea, se han desarrollado debido a la contracción y enfriamiento de nebulosas incandescentes, sujetas a un movimiento en torbellino cuyas leyes quizá sean descubiertas cuando varios siglos de observación nos proporcionen una idea clara del movimiento propio de las estrellas. Evidentemente, este desarrollo no se ha operado en todas partes con la misma rapidez. La astronomía se ve más y más obligada a reconocer que, además de los planetas, en nuestro sistema estelar existen cuerpos opacos, soles extintos (Mädler); por otra parte (según Secchi), una parte de las manchas nebulares gaseosas pertenece a nuestro sistema estelar como soles aún no formados, lo que no excluye la posibilidad de que otras nebulosas, como afirma Mädler, sean distantes islas cósmicas independientes, cuyo estadio relativo de desarrollo debe ser establecido por el espectroscopio.

Laplace demostró con todo detalle, y con maestría insuperada hasta la fecha, cómo un sistema solar se desarrolla a partir de una masa nebular independiente; realizaciones posteriores de la ciencia han ido probando su razón cada vez con mayor fuerza.

En los cuerpos independientes formados así —tanto en los soles como en los planetas y en sus satélites— prevalece al principio la forma de movimiento de la materia a la que hemos denominado calor. No se puede hablar de compuestos de elementos químicos ni siquiera a la temperatura que tiene actualmente el Sol; observaciones posteriores sobre éste nos demostrarán hasta que punto el calor se transforma en estas condiciones en electricidad o en magnetismo; ya está casi probado que los movimientos mecánicos que se operan en el Sol se deben exclusivamente al conflicto entre el calor y la gravedad.

Los cuerpos desgajados de las nebulosas se enfrían más rápidamente cuanto más pequeños son. Primero se enfrían los satélites, los asteroides y los meteoritos, del mismo modo que nuestra Luna ha enfriado hace mucho. En los planetas este proceso se opera más despacio, y en el astro central, aún con la máxima lentitud.

Paralelamente al enfriamiento progresivo empieza a manifestarse con fuerza creciente la interacción de las formas físicas de movimiento que se transforman unas en otras, hasta que, al fin, se llega a un punto en que la afinidad química empieza a dejarse sentir, en que los elementos químicos antes indiferentes se diferencian químicamente, adquieren propiedades químicas y se combinan unos con otros. Estas combinaciones cambian de continuo con la disminución de la temperatura —que influye de un modo distinto no ya sólo en cada elemento, sino en cada combinación de elementos—; cambian con el consecuente paso de una parte de la materia gaseosa primero al estado líquido y después al sólido y con las nuevas condiciones así creadas.

El período en que el planeta adquiere su corteza sólida y aparecen acumulaciones de agua en su superficie coincide con el período en que la importancia de su calor intrínseco disminuye más y más en comparación con el que recibe del astro central. Su atmósfera se convierte en teatro de fenómenos meteorológicos en el sentido que damos hoy a esta palabra, y su superficie, en teatro de cambios geológicos, en los que los depósitos, resultado de las precipitaciones atmosféricas, van ganando cada vez mayor preponderancia sobre los efectos, lentamente menguantes, del fluido incandescente que constituye su núcleo interior.

Finalmente, cuando la temperatura ha descendido hasta tal punto —por lo menos en una parte importante de la superficie— que ya no rebasa los límites en que la albúmina es capaz de vivir, se forma, si se dan otras condiciones químicas favorables, el protoplasma vivo. Hoy aún no sabemos qué condiciones son ésas, cosa que no debe extrañarnos, ya que hasta la fecha no se ha logrado establecer la fórmula química de la albúmina, ni siquiera conocemos cuántos albuminoides químicamente diferentes existen, y sólo hace unos diez años que sabemos que la albúmina completamente desprovista de estructura cumple todas las funciones esenciales de la vida: la digestión, la excreción, el movimiento, la contracción, la reacción a los estímulos y la reproducción.

Pasaron seguramente miles de años antes de que se dieran las condiciones para el siguiente paso adelante y de la albúmina informe surgiera la primera célula, merced a la formación del núcleo y de la membrana. Pero con la primera célula se obtuvo la base para el desarrollo morfológico de todo el mundo orgánico; lo primero que se desarrolló, según podemos colegir tomando en consideración los datos que suministran los archivos de la paleontología, fueron innumerables especies de protistas acelulares y celulares —de ellas sólo ha llegado hasta nosotros el Eozoon canadense— que fueron diferenciándose hasta formar las primeras plantas y los primeros animales. Y de los primeros animales se desarrollaron, esencialmente gracias a la diferenciación, incontables clases, órdenes, familias, géneros y especies, hasta llegar a la forma en la que el sistema nervioso alcanza su más pleno desarrollo, a los vertebrados, y finalmente, entre éstos, a un vertebrado, en que la naturaleza adquiere conciencia de sí misma, el hombre.

También el hombre surge por la diferenciación, y no sólo como individuo —desarrollándose a partir de un simple óvulo hasta formar el organismo más complejo que produce la naturaleza—, sino también en el sentido histórico. Cuando después de una lucha de milenios la mano se diferenció por fin de los pies y se llegó a la actitud erecta, el hombre se hizo distinto del mono y quedó sentada la base para el desarrollo del lenguaje articulado y para el poderoso desarrollo del cerebro, que desde entonces ha abierto un abismo infranqueable entre el hombre y el mono. La especialización de la mano implica la aparición de la herramienta, y ésta implica la actividad específicamente humana, la acción recíproca transformadora del hombre sobre la naturaleza, la producción. También los animales tienen herramientas en el sentido más estrecho de la palabra, pero sólo como miembros de su cuerpo: la hormiga, la abeja, el castor; los animales también producen, pero el efecto de su producción sobre la naturaleza que les rodea es en relación a esta última igual a cero. Unicamente el hombre ha logrado imprimir su sello a la naturaleza, y no sólo llevando plantas y animales de un lugar a otro, sino modificando también el aspecto y el clima de su lugar de habitación y hasta las propias plantas y los animales hasta tal punto, que los resultados de su actividad sólo pueden desaparecer con la extinción general del globo terrestre. Y esto lo ha conseguido el hombre, ante todo y sobre todo, valiéndose de la mano. Hasta la máquina de vapor, que es hoy por hoy su herramienta más poderosa para la transformación de la naturaleza, depende en fin de cuentas, como herramienta, de la actividad de las manos. Sin embargo, paralelamente a la mano fue desarrollándose, paso a paso, la cabeza; iba apareciendo la conciencia, primero de las condiciones necesarias para obtener ciertos resultados prácticos útiles; después, sobre la base de esto, nació entre los pueblos que se hallaban en una situación más ventajosa la comprensión de las leyes de la naturaleza que determinan dichos resultados útiles. Al mismo tiempo que se desarrollaba rápidamente el conocimiento de las leyes de la naturaleza, aumentaban los medios de acción recíproca sobre ella; la mano sola nunca hubiera logrado crear la máquina de vapor si, paralelamente, y en parte gracias a la mano, no se hubiera desarrollado correlativamente el cerebro del hombre.

Con el hombre entramos en la historia. También los animales tienen una historia, la de su origen y desarrollo gradual hasta su estado presente. Pero, los animales son objetos pasivos de la historia, y en cuanto toman parte en ella, esto ocurre sin su conocimiento o voluntad. Los hombres, por el contrario, a medida que se alejan más de los animales en el sentido estrecho de la palabra, en mayor grado hacen su historia ellos mismos, conscientemente, y tanto menor es la influencia que ejercen sobre esta historia las circunstancias imprevistas y las fuerzas incontroladas, y tanto más exactamente se corresponde el resultado histórico con los fines establecidos de antemano. Pero si aplicamos este rasero a la historia humana, incluso a la historia de los pueblos más desarrollados de nuestro siglo, veremos que incluso aquí existe todavía una colosal discrepancia entre los objetivos propuestos y los resultados obtenidos, veremos que continúan prevaleciendo las influencias imprevistas, que las fuerzas incontroladas son mucho más poderosas que las puestas en movimiento de acuerdo a un plan. Y esto no será de otro modo mientras la actividad histórica más esencial de los hombres, la que los ha elevado desde el estado animal al humano y forma la base material de todas sus demás actividades —me refiero a la producción de sus medios de subsistencia, es decir, a lo que hoy llamamos producción social— se vea particularmente subordinada a la acción imprevista de fuerzas incontroladas y mientras el objetivo deseado se alcance sólo como una excepción y mucho más frecuentemente se obtengan resultados diametralmente opuestos. En los países industriales más adelantados hemos sometido a las fuerzas de la naturaleza, poniéndolas al servicio del hombre; gracias a ello hemos aumentado inconmensurablemente la producción, de modo que hoy un niño produce más que antes cien adultos. Pero, ¿cuáles han sido las consecuencias de este acrecentamiento de la producción? El aumento del trabajo agotador, una miseria creciente de las masas y un crac inmenso cada diez años. Darwin no sospechaba qué sátira tan amarga escribía de los hombres, y en particular de sus compatriotas, cuando demostró que la libre concurrencia, la lucha por la existencia celebrada por los economistas como la mayor realización histórica, era el estado normal del mundo animal. Unicamente una organización consciente de la producción social, en la que la producción y la distribución obedezcan a un plan, puede elevar socialmente a los hombres sobre el resto del mundo animal, del mismo modo que la producción en general les elevó como especie. El desarrollo histórico hace esta organización más necesaria y más posible cada día. A partir de ella datará la nueva época histórica en la que los propios hombres, y con ellos todas las ramas de su actividad, especialmente las Ciencias Naturales, alcanzarán éxitos que eclipsarán todo lo conseguido hasta entonces.

Pero «todo lo que nace es digno de morir». Quizá antes pasen millones de años, nazcan y bajen a la tumba centenares de miles de generaciones, pero se acerca inexorablemente el tiempo en que el calor decreciente del Sol no podrá ya derretir el hielo procedente de los polos; la humanidad, más y más hacinada en torno al ecuador, no encontrará ni siquiera allí el calor necesario para la vida; irá desapareciendo paulatinamente toda huella de vida orgánica, y la Tierra, muerta, convertida en una esfera fría, como la Luna, girará en las tinieblas más profundas, siguiendo órbitas más y más reducidas, en torno al Sol, también muerto, sobre el que, a fin de cuentas, terminará por caer. Unos planetas correrán esa suerte antes y otros después que la Tierra; y en lugar del luminoso y cálido sistema solar, con la armónica disposición de sus componentes, quedará tan sólo una esfera fría y muerta, que aún seguirá su solitario camino por el espacio cósmico. El mismo destino que aguarda a nuestro sistema solar espera antes o después a todos los demás sistemas de nuestra isla cósmica, incluso a aquellos cuya luz jamás alcanzará la Tierra mientras quede un ser humano capaz de percibirla.

¿Pero qué ocurrirá cuando este sistema solar haya terminado su existencia, cuando haya sufrido la suerte de todo lo finito, la muerte? ¿Continuará el cadáver del Sol rodando eternamente por el espacio infinito, y todas las fuerzas de la naturaleza, antes infinitamente diferenciadas, se convertirán en una única forma del movimiento, en la atracción?

«¿O —como pregunta Secchi (pág. 810)— hay en la naturaleza fuerzas capaces de hacer que el sistema muerto vuelva a su estado original de nebulosa incandescente, capaces de despertarlo a una nueva vida? No lo sabemos».

Sin duda, no lo sabemos en el sentido que sabemos que 2 X 2 = 4 o que la atracción de la materia aumenta y disminuye en razón del cuadrado de la distancia. Pero en las Ciencias Naturales teóricas —que en lo posible unen su concepción de la naturaleza en un todo armónico y sin las cuales en nuestros días no puede hacer nada el empírico más limitado—, tenemos que operar a menudo con magnitudes imperfectamente conocidas; y la consecuencia lógica del pensamiento ha tenido que suplir, en todos los tiempos, la insuficiencia de nuestros conocimientos. Las Ciencias Naturales contemporáneas se han visto constreñidas a tomar de la filosofía el principio de la indestructibilidad del movimiento; sin este principio las Ciencias Naturales ya no pueden existir. Pero el movimiento de la materia no es únicamente tosco movimiento mecánico, mero cambio de lugar; es calor y luz, tensión eléctrica y magnética, combinación química y disociación, vida y, finalmente, conciencia. Decir que la materia durante toda su existencia ilimitada en el tiempo sólo una vez —y ello por un período infinitamente corto, en comparación con su eternidad— ha podido diferenciar su movimiento y, con ello, desplegar toda la riqueza del mismo, y que antes y después de ello se ha visto limitada eternamente a simples cambios de lugar; decir esto equivale a afirmar que la materia es perecedera y el movimiento pasajero. La indestructibilidad del movimiento debe ser comprendida no sólo en el sentido cuantitativo, sino también en el cualitativo. La materia cuyo mero cambio mecánico de lugar incluye la posibilidad de transformación, si se dan condiciones favorables, en calor, electricidad, acción química, vida, pero que es incapaz de producir esas condiciones por sí misma, esa materia ha sufrido determinado perjuicio en su movimiento. El movimiento que ha perdido la capacidad de verse transformado en las distintas formas que le son propias, si bien posee aún dynamis, no tiene ya energeia, y por ello se halla parcialmente destruido. Pero lo uno y lo otro es inconcebible.

En todo caso, es indudable que hubo un tiempo en que la materia de nuestra isla cósmica convertía en calor una cantidad tan enorme de movimiento —hasta hoy no sabemos de qué género—, que de él pudieron desarrollarse los sistemas solares pertenecientes (según Mädler) por lo menos a veinte millones de estrellas y cuya extinción gradual es igualmente indudable. ¿Cómo se operó esta transformación? Sabemos tan poco como sabe el padre Secchi si el futuro caput mortuum de nuestro sistema solar se convertirá de nuevo, alguna vez, en materia prima para nuevos sistemas solares. Pero aquí nos vemos obligados a recurrir a la ayuda del creador o a concluir que la materia prima incandescente que dio origen a los sistemas solares de nuestra isla cósmica se produjo de forma natural, por transformaciones del movimiento que son inherentes por naturaleza a la materia en movimiento y cuyas condiciones deben, por consiguiente, ser reproducidas por la materia, aunque sea después de millones y millones de años, más o menos accidentalmente, pero con la necesidad que es también inherente a la casualidad.

Ahora es más y más admitida la posibilidad de semejante transformación. Se llega a la convicción de que el destino final de los cuerpos celestes es de caer unos en otros y se calcula incluso la cantidad de calor que debe desarrollarse en tales colisiones. La aparición repentina de nuevas estrellas y el no menos repentino aumento del brillo de estrellas hace mucho conocidas —de lo cual nos informa la astronomía—, pueden ser fácilmente explicados por semejantes colisiones. Además, debe tenerse en cuenta que no sólo nuestros planetas giran alrededor del Sol y que no sólo nuestro Sol se mueve dentro de nuestra isla cósmica, sino que toda esta última se mueve en el espacio cósmico, hallándose en equilibrio temporal relativo con las otras islas cósmicas, pues incluso el equilibrio relativo de los cuerpos que flotan libremente puede existir únicamente allí donde el movimiento está recíprocamente condicionado; además, algunos admiten que la temperatura en el espacio cósmico no es en todas partes la misma. Finalmente, sabemos que, excepción hecha de una porción infinitesimal, el calor de los innumerables soles de nuestra isla cósmica desaparece en el espacio cósmico, tratando en vano de elevar su temperatura aunque nada más sea que en una millonésima de grado centígrado. ¿Qué sé hace de toda esa enorme cantidad de calor? ¿Se pierde para siempre en su intento de calentar el espacio cósmico, cesa de existir prácticamente y continúa existiendo sólo teóricamente en el hecho de que el espacio cósmico se ha calentado en una fracción decimal de grado, que comienza con diez o más ceros? Esta suposición niega la indestructibilidad del movimiento; admite la posibilidad de que por la caída sucesiva de los cuerpos celestes unos sobre otros, todo el movimiento mecánico existente se convertirá en calor irradiado al espacio cósmico, merced a lo cual, a despecho de toda la «indestructibilidad de la fuerza», cesaría, en general, todo movimiento. (Por cierto, aquí se ve cuán poco acertada es la expresión indestructibilidad de la fuerza en lugar de indestructibilidad del movimiento.) Llegamos así a la conclusión de que el calor irradiado al espacio cósmico debe, de un modo u otro —llegará un tiempo en que las Ciencias Naturales se impongan la tarea de averiguarlo—, convertirse en otra forma del movimiento en la que tenga la posibilidad de concentrarse una vez más y funcionar activamente. Con ello desaparece el principal obstáculo que hoy existe para el reconocimiento de la reconversión de los soles extintos en nebulosas incandescentes.

Además, la sucesión eternamente reiterada de los mundos en el tiempo infinito es únicamente un complemento lógico a la coexistencia de innumerables mundos en el espacio infinito. Este es un principio cuya necesidad indiscutible se ha visto forzado a reconocer incluso el cerebro antiteórico del yanqui Draper.

Este es el ciclo eterno en que se mueve la materia, un ciclo que únicamente cierra su trayectoria en períodos para los que nuestro año terrestre no puede servir de unidad de medida, un ciclo en el cual el tiempo de máximo desarrollo, el tiempo de la vida orgánica y, más aún, el tiempo de vida de los seres conscientes de sí mismos y de la naturaleza, es tan parcamente medido como el espacio en que la vida y la autoconciencia existen; un ciclo en el que cada forma finita de existencia de la materia —lo mismo si es un sol que una nebulosa, un individuo animal o una especie de animales, la combinación o la disociación química— es igualmente pasajera y en el que no hay nada eterno do no ser la materia en eterno movimiento y transformación y las leyes según las cuales se mueve y se transforma. Pero, por más frecuente e inexorablemente que este ciclo se opere en el tiempo y en el espacio, por más millones de soles y tierras que nazcan y mueran, por más que puedan tardar en crearse en un sistema solar e incluso en un solo planeta las condiciones para la vida orgánica, por más innumerables que sean los seres orgánicos que deban surgir y perecer antes de que se desarrollen de su medio animales con un cerebro capaz de pensar y que encuentren por un breve plazo condiciones favorables para su vida, para ser luego también aniquilados sin piedad, tenemos la certeza de que la materia será eternamente la misma en todas sus transformaciones, de que ninguno de sus atributos puede jamás perderse y que por ello, con la misma necesidad férrea con que ha de exterminar en la Tierra su creación superior, la mente pensante, ha de volver a crearla en algún otro sitio y en otro tiempo.

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COMMUNIST INTERNATIONAL NEWSPAPER: Frederick Engels – Introduction to Dialectics of Nature

 

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Introduction to Dialectics of Nature

MODERN natural science, which alone has achieved an all-round systematic and scientific development, as contrasted with the brilliant natural-philosophical intuitions of antiquity and the extremely important but sporadic discoveries of the Arabs, which for the most part vanished without results – this modern natural science dates, like all more recent history, from that mighty epoch which we Germans term the Reformation, from the national misfortune that overtook us at that time, and which the French term the Renaissance and the Italians the Cinquecento, although it is not fully expressed by any of these names. It is the epoch which had its rise in the last half of the fifteenth century. Royalty, with the support of the burghers of the towns, broke the power of the feudal nobility and established the great monarchies, based essentially on nationality, within which the modern European nations and modern bourgeois society came to development. And while the burghers and nobles were still fighting one another, the peasant war in Germany pointed prophetically to future class struggles, not only by bringing on to the stage the peasants in revolt – that was no longer anything new – but behind them the beginnings of the modern proletariat, with the red flag in their hands and the demand for common ownership of goods on their lips. In the manuscripts saved from the fall of Byzantium, in the antique statues dug out of the ruins of Rome, a new world was revealed to the astonished West, that of ancient Greece: the ghosts of the Middle Ages vanished before its shining forms; Italy rose to an undreamt-of flowering of art, which seemed like a reflection of classical antiquity and was never attained again. In Italy, France, and Germany a new literature arose, the first, modern literature; shortly afterwards came the classical epochs of English and Spanish literature. The bounds of the old orbis terrarum were pierced. Only now for the first time was the world really discovered and the basis laid for subsequent world trade and the transition from handicraft to manufacture, which in its turn formed the starting-point for modern large scale industry. The dictatorship of the Church over men’s minds was shattered; it was directly cast off by the majority of the Germanic peoples, who adopted Protestantism, while among the Latins a cheerful spirit of free thought, taken over from the Arabs and nourished by the newly-discovered Greek philosophy, took root more and more and prepared the way for the materialism of the eighteenth century.

It was the greatest progressive revolution that mankind has so far experienced, a time which called for giants and produced giants – giants in power of thought, passion, and character, in universality and learning. The men who founded the modern rule of the bourgeoisie had anything but bourgeois limitations. On the contrary, the adventurous character of the time inspired them to a greater or less degree. There was hardly any man of importance then living who had not travelled extensively, who did not command four or five languages, who did not shine in a number of fields. Leonardo da Vinci was not only a great painter but also a great mathematician, mechanician, and engineer, to whom the most diverse branches of physics are indebted for important discoveries. Albrecht Dürer was painter, engraver, sculptor, and architect, and in addition invented a system of fortification embodying many of the ideas that much later were again taken up by Montalembert and the modern German science of fortification. Machiavelli was statesman, historian, poet, and at the same time the first notable military author of modern times. Luther not only cleaned the Augean stable of the Church but also that of the German language; he created modern German prose and composed the text and melody of that triumphal hymn which became the Marseillaise of the sixteenth century. The heroes of that time had not yet come under the servitude of the division of labour, the restricting effects of which, with its production of onesidedness, we so often notice in their successors. But what is especially characteristic of them is that they almost all pursue their lives and activities in the midst of the contemporary movements, in the practical struggle; they take sides and join in the fight, one by speaking and writing, another with the sword, many with both. Hence the fullness and force of character that makes them complete men. Men of the study are the exception – either persons of second or third rank or cautious philistines who do not want to burn their fingers.

At that time natural science also developed in the midst of the general revolution and was itself thoroughly revolutionary; it had to win in struggle its right of existence. Side by side with the great Italians from whom modern philosophy dates, it provided its martyrs for the stake and the prisons of the Inquisition. And it is characteristic that Protestants outdid Catholics in persecuting the free investigation of nature. Calvin had Servetus burnt at the stake when the latter was on the point of discovering the circulation of the blood, and indeed he kept him roasting alive during two hours; for the Inquisition at least it sufficed to have Giordano Bruno simply burnt alive.

The revolutionary act by which natural science declared its independence and, as it were, repeated Luther’s burning of the Papal Bull was the publication of the immortal work by which Copernicus, though timidly and, so to speak, only from his deathbed, threw down the gauntlet to ecclesiastical authority in the affairs of nature. The emancipation of natural science from theology dates from this act, although the fighting out of the particular antagonistic claims has dragged out up to our day and in many minds is still far from completion. Thenceforward, however, the development of the sciences proceeded with giant strides, and, it might be said, gained in force in proportion to the square of the distance (in time) from its point of departure. It was as if the world were to be shown that henceforth the reciprocal law of motion would be as valid for the highest product of organic matter, the human mind, as for inorganic substance.

The main work in the first period of natural science that now opened lay in mastering the material immediately at hand. In most fields a start had to be made from the very beginning. Antiquity had bequeathed Euclid and the Ptolemaic solar system; the Arabs had left behind the decimal notation, the beginnings of algebra, the modern numerals, and alchemy; the Christian Middle Ages nothing at all. Of necessity, in this situation the most fundamental natural science, the mechanics of terrestrial and heavenly bodies, occupied first place, and alongside of it, as handmaiden to it, the discovery and perfecting of mathematical methods. Great work was achieved here. At the end of the period characterised by Newton and Linnaeus we find these branches of science brought to a certain perfection. The basic features of the most essential mathematical methods were established; analytical geometry by Descartes especially, logarithms by Napier, and the differential and integral calculus by Leibniz and perhaps Newton. The same holds good of the mechanics of rigid bodies, the main laws of which were made clear once for all. Finally in the astronomy of the solar system Kepler discovered the laws of planetary movement and Newton formulated them from the point of view of the general laws of motion of matter. The other branches of natural science were far removed even from this preliminary perfection. Only towards the end of the period did the mechanics of fluid and gaseous bodies receive further treatment. Physics proper had still not gone beyond its first beginnings, with the exception of optics, the exceptional progress of which was due to the practical needs of astronomy. By the phlogistic theory, chemistry for the first time emancipated itself from alchemy. Geology had not yet gone beyond the embryonic stage of mineralogy; hence paleontology could not yet exist at all. Finally, in the field of biology the essential preoccupation was still with the collection and first sifting of the immense material, not only botanical and zoological but also anatomical and even physiological. There could as yet be hardly any talk of the comparison of the various forms of life, of the investigation of their geographical distribution and their climatic, etc., living conditions. Here only botany and zoology arrived at an approximate completion owing to Linnaeus.

But what especially characterises this period is the elaboration of a peculiar general outlook, in which the central point is the view of the absolute immutability of nature. In whatever way nature itself might have come into being, once present it remained as it was as long as it continued to exist. The planets and their satellites, once set in motion by the mysterious “first impulse”, circled on and on in their predestined ellipses for all eternity, or at any rate until the end of all things. The stars remained for ever fixed and immovable in their places, keeping one another therein by “universal gravitation”. The earth had persisted without alteration from all eternity, or, alternatively, from the first day of its creation. The “five continents” of the present day had always existed, and they had always had the same mountains, valleys, and rivers, the same climate, and the same flora and fauna, except in so far as change or cultivation had taken place at the hand of man. The species of plants and animals had been established once for all when they came into existence; like continually produced like, and it was already a good deal for Linnaeus to have conceded that possibly here and there new species could have arisen by crossing. In contrast to the history of mankind, which develops in time, there was ascribed to the history of nature only an unfolding in space. All change, all development in nature, was denied. Natural science, so revolutionary at the outset, suddenly found itself confronted by an out-and-out conservative nature in which even to-day everything was as it had been at the beginning and in which – to the end of the world or for all eternity – everything would remain as it had been since the beginning.

High as the natural science of the first half of the eighteenth century stood above Greek antiquity in knowledge and even in the sifting of its material, it stood just as deeply below Greek antiquity in the theoretical mastery of this material, in the general outlook on nature. For the Greek philosophers the world was essentially something that had emerged from chaos, something that had developed, that had come into being. For the natural scientists of the period that we are dealing with it was something ossified, something immutable, and for most of them something that had been created at one stroke. Science was still deeply enmeshed in theology. Everywhere it sought and found its ultimate resort in an impulse from outside that was not to be explained from nature itself. Even if attraction, by Newton pompously baptised as “universal gravitation”, was conceived as an essential property of matter, whence comes the unexplained tangential force which first gives rise to the orbits of the planets? How did the innumerable varieties of animals and plants arise? And how, above all, did man arise, since after all it was certain that he was not present from all eternity? To such questions natural science only too frequently answered by making the creator of all things responsible. Copernicus, at the beginning of the period, writes a letter renouncing theology; Newton closes the period with the postulate of a divine first impulse. The highest general idea to which this natural science attained was that of the purposiveness of the arrangements of nature, the shallow teleology of Wolff, according to which cats were created to eat mice, mice to he eaten by cats, and the whole of nature to testify to the wisdom of the creator. It is to the highest credit of the philosophy of the time that it did not let itself be led astray by the restricted state of contemporary natural knowledge, and that – from Spinoza right to the great French materialists – it insisted on explaining the world from the world itself and left the justification in detail to the natural science of the future.

I include the materialists of the eighteenth century in this period because no natural scientific material was available to them other than that above described. Kant’s epoch-making work remained a secret to them, and Laplace came long after them. We should not forget that this obsolete outlook on nature, although riddled through and through by the progress of science, dominated the entire first half of the nineteenth century, and in substance is even now still taught in all schools.

The first breach in this petrified outlook on nature was made not by a natural scientist but by a philosopher. In 1755 appeared Kant’s Allgemeine Naturgesehichte und Theorie des Himmels [General Natural History and Theory of the Heavens]. The question of the first impulse was abolished; the earth and the whole solar system appeared as something that had come into being in the course of time. If the great majority of the natural scientists had had a little less of the repugnance to thinking that Newton expressed in the warning: “Physics, beware of metaphysics!”, they would have been compelled from this single brilliant discovery of Kant’s to draw conclusions that would have spared them endless deviations and immeasurable amounts of time and labour wasted in false directions. For Kant’s discovery contained the point of departure for all further progress. If the earth were something that had come into being, then its present geological, geographical, and climatic state, and its plants and animals likewise, must be something that had come into being; it must have had a history not only of co-existence in space but also of succession in time. If at once further investigations had been resolutely pursued in this direction, natural science would now be considerably further advanced than it is. But what good could come of philosophy? Kant’s work remained without immediate results, until many years later Laplace and Herschel expounded its contents and gave them a deeper foundation, thereby gradually bringing the “nebular hypothesis” into favour. Further discoveries finally brought it victory; the most important of these were: the proper motion of the fixed stars, the demonstration of a resistant medium in universal space, the proof furnished by spectral analysis of the chemical identity of the matter of the universe and the existence of such glowing nebular masses as Kant had postulated.

It is, however, permissible to doubt whether the majority of natural scientists would so soon have become conscious of the contradiction of a changing earth that bore immutable organisms, had not the dawning conception that nature does not just exist, but comes into being and passes away, derived support from another quarter. Geology arose and pointed out, not only the terrestrial strata formed one after another and deposited one upon another, but also the shells and skeletons of extinct animals and the trunks, leaves, and fruits of no longer existing plants contained in these strata. It had finally to be acknowledged that not only the earth as a whole but also its present surface and the plants and animals living on it possessed a history in time. At first the acknowledgement occurred reluctantly enough. Cuvier’s theory of the revolutions of the earth was revolutionary in phrase and reactionary in substance. In place of a single divine creation, he put a whole series of repeated acts of creation, making the miracle an essential natural agent. Lyell first brought sense into geology by substituting for the sudden revolutions due to the moods of the creator the gradual effects of a slow transformation of the earth.

Lyell’s theory was even more incompatible than any of its predecessors with the assumption of constant organic species. Gradual transformation of the earth’s surface and of all conditions of life led directly to gradual transformation of the organisms and their adaptation to the changing environment, to the mutability of species. But tradition is a power not only in the Catholic Church but also in natural science. For years, Lyell himself did not see the contradiction, and his pupils still less. This is only to be explained by the division of labour that had meanwhile become dominant in natural science, which more or less restricted each person to his special sphere, there being only a few whom it did not rob of a comprehensive view. Meanwhile physics had made mighty advances, the results of which were summed up almost simultaneously by three different persons in the year 1842, an epoch-making year for this branch of natural investigation. Mayer in Heilbronn and Joule in Manchester demonstrated the transformation of heat into mechanical energy and of mechanical energy into heat. The determination of the mechanical equivalent of heat put this result beyond question. Simultaneously, by simply working up the separate physical results already arrived at, Grove – not a natural scientist by profession, but an English lawyer – proved that all so-called physical energy, mechanical energy, heat, light, electricity magnetism, indeed even so-called chemical energy, become transformed into one another under definite conditions without any loss of energy occurring, and so proved post factum along physical lines Descartes’ principle that the quantity of motion present in the world is constant. With that the special physical energies, the as it were immutable “species” of physics, were resolved into variously differentiated forms of the motion of matter, convertible into one another according to definite laws. The fortuitousness of the existence of a number of physical energies was abolished from science by the proof of their interconnections and transitions. Physics, like astronomy before it, had arrived at a result that necessarily pointed to the eternal cycle of matter in motion as the ultimate reality.

The wonderfully rapid development of chemistry, since Lavoisier, and especially since Dalton, attacked the old ideas of nature from another aspect. The preparation by inorganic means of compounds that hitherto had been produced only in the living organism proved that the laws of chemistry have the same validity for organic as for inorganic bodies, and to a large extent bridged the gulf between inorganic and organic nature, a gulf that even Kant regarded as for ever impassable.

Finally, in the sphere of biological research also the scientific journeys and expeditions that had been systematically organised since the middle of the previous century, the more thorough exploration of the European colonies in all parts of the world by specialists living there, and further the progress of paleontology, anatomy, and physiology in general, particularly since the systematic use of the microscope and the discovery of the cell, had accumulated so much material that the application of the comparative method became possible and at the same time indispensable. On the one hand the conditions of life of the various floras and faunas were determined by means of comparative physical geography; on the other hand the various organisms were compared with one another according to their homologous organs, and this not only in the adult condition but at all stages of development. The more deeply and exactly this research was carried on, the more did the rigid system of an Amphioxus (Sheepshead Lamprey) immutable, fixed organic nature crumble away at its touch. Not only did the separate species of plants and animals become more and more inextricably intermingled, but animals turned up, such as Amphioxus and Lepidosiren, that made a mockery of all previous classification, and finally organisms were encountered of which it was not possible to say whether they belonged to the plant or animal kingdom. More and more the gaps in the Lepidosiren (South American Lungfish) paleontological record were filled up, compelling even the most reluctant to acknowledge the striking parallelism between the evolutionary history of the organic world as a whole and that of the individual organism, the Ariadne’s thread that was to lead the way out of the labyrinth in which botany and zoology appeared to have become more and more deeply lost. It was characteristic that, almost simultaneously with Kant’s attack on the eternity of the solar system, C. F. Wolff in 1759 launched the first attack on the fixity of species and proclaimed the theory of descent. But what in his case was still only a brilliant anticipation took firm shape in the hands of Oken, Lamarck, Baer, and was victoriously carried through by Darwin in 1859, exactly a hundred years later. Almost simultaneously it was established that protoplasm and the cell, which had already been shown to be the ultimate morphological constituents of all organisms, occurred independently as the lowest forms of organic life. This not only reduced the gulf between inorganic and organic nature to a minimum but removed one of the most essential difficulties that had previously stood in the way of the theory of descent of organisms. The new conception of nature was complete in its main features; all rigidity was dissolved, all fixity dissipated, all particularity that had been regarded as eternal became transient, the whole of nature shown as moving in eternal flux and cyclical course.

Thus we have once again returned to the point of view of the great founders of Greek philosophy, the view that the whole of nature, from the smallest element to the greatest, Member of Protista (Vorticella) from grains of sand to suns, from protista to men, has its existence in eternal coming into being and passing away, in ceaseless flux, in un-resting motion and change, only with the essential difference that what for the Greeks was a brilliant intuition, is in our case the result of strictly scientific research in accordance with experience, and hence also it emerges in a much more definite and clear form. It is true that the empirical proof of this motion is not wholly free from gaps, but these are insignificant in comparison with what has already been firmly established, and with each year they become more and more filled up. And how could the proof in detail be otherwise than defective when one bears in mind that the most essential branches of science —trans-planetary astronomy, chemistry, geology— have a scientific existence of barely a hundred years, and the comparative method in physiology one of barely fifty years, and that the basic form of almost all organic development, the cell, is a discovery not yet forty years old?

The innumerable suns and solar systems of our island universe, bounded by the outermost stellar rings of the Milky Way, developed from swirling, glowing masses of vapour, the laws of motion of which will perhaps be disclosed after the observations of some centuries have given us an insight into the proper motion of the stars. Obviously, this development did not proceed everywhere at the same rate. Recognition of. the existence of dark bodies, not merely planetary in nature, hence extinct suns in our stellar system, more and more forces itself on astronomy (Mädler); on the other hand (according to Secchi) a part of the vaporous nebular patches belong to our stellar system as suns not yet fully formed, whereby it is not excluded that other nebulae, as Mädler maintains, are distant independent island universes, the relative stage of development of which must be determined by the spectroscope.

How a solar system develops from an individual nebular mass has been shown in detail by Laplace in a manner still unsurpassed; subsequent science has more and more confirmed him.

On the separate bodies so formed – suns as well as planets and satellites – the form of motion of matter at first prevailing is that which we call heat. There can be no question of chemical compounds of the elements even at a temperature like that still possessed by the sun; the extent to which heat is transformed into electricity or magnetism under such conditions, continued solar observations will show; it is already as good as proved that the mechanical motion taking place in the sun arises solely from the conflict of heat with gravity.

The smaller the individual bodies, the quicker they cool down, the satellites, asteroids, and meteors first of all, just as our moon has long been extinct. The planets cool more slowly, the central body slowest of all.

With progressive cooling the interplay of the physical forms of motion which become transformed into one another comes more and more to the forefront until finally a point is reached from when on chemical affinity begins to make itself felt, the previously chemically indifferent elements become differentiated chemically one after another, obtain chemical properties, and enter into combination with one another. These compounds change continually with the decreasing temperature, which affects differently not only each element but also each separate compound of the elements, changing also with the consequent passage of part of the gaseous matter first to the liquid and then the solid state, and with the new conditions thus created.

The period when the planet has a firm shell and accumulations of water on its surface coincides with that when its intrinsic heat diminishes more and more in comparison to the heat emitted to it from the central body. Its atmosphere becomes the arena of meteorological phenomena in the sense in which we now understand the word; its surface becomes the arena of geological changes in which the deposits resulting from atmospheric precipitation become of ever greater importance in comparison to the slowly decreasing external effects of the hot fluid interior.

If, finally, the temperature becomes so far equalised that over a considerable portion of the surface at least it does not exceed the limits within which protein is capable of life, then, if other chemical conditions are favourable, living protoplasm is formed. What these conditions are, we do not yet know, which is not to be wondered at since so far not even the chemical formula of protein has been established – we do not even know how many chemically different protein bodies there are – and since it is only about ten years ago that the fact became known that completely structureless protein exercises all the essential functions of life, digestion, excretion, movement, contraction, reaction to stimuli, and reproduction.

Thousands of years may have passed before the conditions arose in which the next advance could take place and this formless protein produce the first cell by formation of nucleus and cell membrane. Rut this first cell also provided the foundation for the morphological development of the whole organic world; the first to develop, as it is permissible to assume from the whole analogy of the palæontological record, were innumerable species of non-cellular and cellular protista, of which Eozoon canadense alone has come down to us, and of which some were gradually differentiated into the first plants and others into the first animals. And from the first animals were developed, essentially by further differentiation, the numerous classes, orders, families, genera, and species of animals; and finally mammals, the form in which the nervous system attains its fullest development; and among these again finally that mammal in which nature attains consciousness of itself – man.

Man too arises by differentiation. Not only individually, by differentiation from a single egg cell to the most complicated organism that nature produces – no, also historically. When after thousands of years of struggle the differentiation of hand from foot, and erect gait, were finally established, man became distinct from the monkey and the basis was laid for the development of articulate speech and the mighty development of the brain that has since made the gulf between man and monkey an unbridgeable one. The specialisation of the hand – this implies the tool, and the tool implies specific human activity, the transforming reaction of man on nature, production. Animals in the narrower sense also have tools, but only as limbs of their bodies: the ant, the bee, the beaver; animals also produce, but their productive effect on surrounding nature in relation to the latter amounts to nothing at all. Man alone has succeeded in impressing his stamp on nature, not only by shifting the plant and animal world from one place to another, but also by so altering the aspect and climate of his dwelling place, and even the plants and animals themselves, that the consequences of his activity can disappear only with the general extinction of the terrestrial globe. And he has accomplished this primarily and essentially by means of the hand. Even the steam engine, so far his most powerful tool for the transformation of nature, depends, because it is a tool, in the last resort on the hand. But step by step with the development of the hand went that of the brain; first of all consciousness of the conditions for separate practically useful actions, and later, among the more favoured peoples and arising from the preceding, insight into the natural laws governing them. And with the rapidly growing knowledge of the laws of nature the means for reacting on nature also grew; the hand alone would never have achieved the steam engine if the brain of man had not attained a correlative development with it, and parallel to it, and partly owing to it.

With men we enter history. Animals also have a history, that of their derivation and gradual evolution to their present position. This history, however, is made for them, and in so far as they themselves take part in it, this occurs without their knowledge or desire. On the other hand, the more that human beings become removed from animals in the narrower sense of the word, the more they make their own history consciously, the less becomes the influence of unforeseen effects and uncontrolled forces of this history, and the more accurately does the historical result correspond to the aim laid down in advance. If, however, we apply this measure to human history, to that of even the most developed peoples of the present day, we find that there still exists here a colossal disproportion between the proposed aims and the results arrived at, that unforeseen effects predominate, and that the uncontrolled forces are far more powerful than those set into motion according to plan. And this cannot be otherwise as long as the most essential historical activity of men, the one which has raised them from bestiality to humanity and which forms the material foundation of all their other activities, namely the production of their requirements of life, that is to-day social production, is above all subject to the interplay of unintended effects from uncontrolled forces and achieves its desired end only by way of exception and, much more frequently, the exact opposite. In the most advanced industrial countries we have subdued the forces of nature and pressed them into the service of mankind; we have thereby infinitely multiplied production, so that a child now produces more than a hundred adults previously did. And what is the result? Increasing overwork and increasing misery of the masses, and every ten years a great collapse. Darwin did not know what a bitter satire he wrote on mankind, and especially on his countrymen, when he showed that free competition, the struggle for existence, which the economists celebrate as the highest historical achievement, is the normal state of the animal kingdom. Only conscious organisation of social production, in which production and distribution are carried on in a planned way, can lift mankind above the rest of the animal world as regards the social aspect, in the same way that production in general has done this for men in their aspect as species. Historical evolution makes such an organisation daily more indispensable, but also with every day more possible. From it will date a new epoch of history, in which mankind itself, and with mankind all branches of its activity, and especially natural science, will experience an advance that will put everything preceding it in the deepest shade.

Nevertheless, “all that comes into being deserves to perish”. Millions of years may elapse, hundreds of thousands of generations be born and die, but inexorably the time will come when the declining warmth of the sun will no longer suffice to melt the ice thrusting itself forward from the poles; when the human race, crowding more and more about the equator, will finally no longer find even there enough heat for life; when gradually even the last trace of organic life will vanish; and the earth, an extinct frozen globe like the moon, will circle in deepest darkness and in an ever narrower orbit about the equally extinct sun, and at last fall into it. Other planets will have preceded it, others will follow it; instead of the bright, warm solar system with its harmonious arrangement of members, only a cold, dead sphere will still pursue its lonely path through universal space. And what will happen to our solar system will happen sooner or later to all the other systems of our island universe; it will happen to all the other innumerable island universes, even to those the light of which will never reach the earth while there is a living human eye to receive it.

And when such a solar system has completed its life history and succumbs to the fate of all that is finite, death, what then? Will the sun’s corpse roll on for all eternity through infinite space, and all the once infinitely diverse, differentiated natural forces pass for ever into one single form of motion, attraction ? “Or” – as Secchi asks – “do forces exist in nature which can re-convert the dead system into its original state of an incandescent nebula and re-awake it to new life? We do not know”.

At all events we do not know in the sense that we know that 2 × 2 = 4, or that the attraction of matter increases and decreases according to the square of the distance. In theoretical natural science, however, which as far as possible builds up its view of nature into a harmonious whole, and without which nowadays even the most thoughtless empiricist cannot get anywhere, we have very often to reckon with incompletely known magnitudes; and logical consistency of thought must at all times help to get over defective knowledge. Modern natural science has had to take over from philosophy the principle of the indestructibility of motion; it cannot any longer exist without this principle. But the motion of matter is not merely crude mechanical motion, mere change of place, it is heat and light, electric and magnetic stress, chemical combination and dissociation, life and, finally, consciousness. To say that matter during the whole unlimited time of its existence has only once, and for what is an infinitesimally short period in comparison to its eternity, found itself able to differentiate its motion and thereby to unfold the whole wealth of this motion, and that before and a.fter this remains restricted for eternity to mere change of place – this is equivalent to maintaining that matter is mortal and motion transitory. The indestructibility of motion cannot be merely quantitative, it must also be conceived qualitatively; matter whose purely mechanical change of place includes indeed the possibility under favourable conditions of being transformed into heat, electricity, chemical action, or life, but which is not capable of producing these conditions from out of itself, such matter has forfeited motion; motion which has lost the capacity of being transformed into the various forms appropriate to it may indeed still have dynamis but no longer energeia, and so has become partially destroyed. Both, however, are unthinkable.

This much is certain: there was a time when the matter of our island universe had transformed a quantity of motion – of what kind we do not yet know – into heat, such that there could be developed from it the solar systems appertaining to (according to Mädler) at least twenty million stars, the gradual extinction of which is likewise certain. How did this transformation take place? We know just as little as Father Secchi knows whether the future caput mortuum of our solar system will once again be converted into the raw material of a new solar system. But here either we must have recourse to a creator, or we are forced to the conclusion that the incandescent raw material for the solar system of our universe was produced in a natural way by transformations of motion which are by nature inherent in moving matter, and the conditions of which therefore also must be reproduced by matter, even if only after millions and millions of years and more or less by chance but with the necessity that is also inherent in chance.

The possibility of such a transformation is more and more being conceded. The view is being arrived at that the heavenly bodies are ultimately destined to fall into one another, and one even calculates the amount of heat which must be developed on such collisions. The sudden flaring up of new stars, and the equally sudden increase in brightness of familiar ones, of which we are informed by astronomy, is most easily explained by such collisions. Not only does our group of planets move about the sun, and our sun within our island universe, but our whole island universe also moves in space in temporary, relative equilibrium with the other island universes, for even the relative equilibrium of freely moving bodies can only exist where the motion is reciprocally determined; and it is assumed by many that the temperature in space is not everywhere the same. Finally, we know that, with the exception of an infinitesimal portion, the heat of the innumerable suns of our island universe vanishes into space and fails to raise the temperature of space even by a millionth of a degree centigrade. What becomes of all this enormous quantity of heat? Is it for ever dissipated in the attempt to heat universal space, has it ceased to exist practically, and does it only continue to exist theoretically, in the fact that universal space has become warmer by a decimal fraction of a degree beginning with ten or more noughts? The indestructibility of motion forbids such an assumption, but it allows the possibility that by the successive falling into one another of the bodies of the universe all existing mechanical motion will be converted into heat and the latter radiated into space, so that in spite of all “indestructibility of force” all motion in general would have ceased. (Incidentally it is seen here how inaccurate is the term “indestructibility of force” instead of “indestructibility of motion”.) Hence we arrive at the conclusion that in some way, which it will later be the task of scientific research to demonstrate, the heat radiated into space must be able to become transformed into another form of motion, in which it can once more be stored up and rendered active. Thereby the chief difficulty in the way of the reconversion of extinct suns into incandescent vapour disappears.

For the rest, the eternally repeated succession of worlds in infinite time is only the logical complement to the co-existence of innumerable worlds in infinite space – a principle the necessity of which has forced itself even on the anti-theoretical Yankee brain of Draper.

It is an eternal cycle in which matter moves, a cycle that certainly only completes its orbit in periods of time for which our terrestrial year is no adequate measure, a cycle in which the time of highest development, the time of organic life and still more that of the life of beings conscious of nature and of themselves, is just as narrowly restricted as the space in which life and self-consciousness come into operation; a cycle in which every finite mode of existence of matter, whether it be sun or nebular vapour, single animal or genus of animals, chemical combination or dissociation, is equally transient, and wherein nothing is eternal but eternally changing, eternally moving matter and the laws according to which it moves and changes. But however often, and however relentlessly, this cycle is completed in time and space, however many millions of suns and earths may arise and pass away, however long it may last before the conditions for organic life develop, however innumerable the organic beings that have to arise and to pass away before animals with a brain capable of thought are developed from their midst, and for a short span of time find conditions suitable for life, only to be exterminated later without mercy, we have the certainty that matter remains eternally the same in all its transformations, that none of its attributes can ever be lost, and therefore, also, that with the same iron necessity that it will exterminate on the earth its highest creation, the thinking mind, it must somewhere else and at another time again produce it.