LA
BATALLA NO ES ENTRE DEMOCRACIA Y FASCISMO SINO ENTRE REVOLUCIÓN Y
CONTRARREVOLUCIÓN
El
25 de noviembre de 2025 se han cumplido 100 años
de la publicación del libro de José
Carlos Mariátegui, fundador del Partido Comunista del Perú, “La
escena contemporánea”, por
lo que contribuyendo a su celebración publicamos tres
partes de su capitulo I. Biología del Fascismo. Recomendamos su estudio por ser de
gran actualidad pese al tiempo transcurrido.
Esta
publicación es también un homenaje al proletariado y pueblo de
Italia que bajo la dirección del PCI conquistó una gran victoria
para la revolución mundial hace 81 años:
la ejecución por guerrilleros comunistas italianos
de Benito Mussolini el Duce del fascismo italiano (27
de abiril de 1945).
NUESTRA
INTRODUCCIÓN:
Cuando
Mariátegui escribió la Escena Contemporánea, ya
había comenzado a estudiar el fascismo desde sus inicios en 1919
como lo muestran sus artículos reunidos en CARTAS DE ITALIA: ALGO
SOBRE FASCISMO: ¿QUE ES, QUE QUIERE, QUE SE PROPONE HACER? (El
Tiempo, Lima, 29 de junio de 1921) y LA PAZ INTERNA Y EL "FASCISMO"
(Roma, agosto de 1921; publicado en El Tiempo, Lima, 12 de
noviembre de 1921).
Es decir, cuando
el fenómeno fascista era un problema nuevo para la Internacional
Comunista; pese a ello, él supo captar la naturaleza del fascismo
partiendo de la crisis de la democracia burguesa, que definió como
crisis del parlamento e
hizo los primero trazos en forma magistral de sus diferentes planos:
ideológico, político y económico.
Mariátegui,
supo analizar el fenómeno fascista aplicando
los que Marx y Lenin habían establecido sobre el camino que sigue el
Estado burgués en su proceso de reaccionarización: concentrar el
Poder en el Ejecutivo en desmedro del Parlamento, sostenido en sus
dos columnas fundamentales el ejército (fuerzas armadas) y la
burocracia para
defender el sistema capitalista.
Marx:
Desarrollo
del sistema burgués y el fortalecimiento del ejecutivo.
En
el Estado burgués van creciendo la burocracia y el ejército, y el
poder del parlamento decrece. Señalaba Marx,
que
frente a la lucha popular, el Estado burgués apela cada vez más a
la constitución en e1 cual se da un derecho y simultáneamente se lo
niega. Decir que con más asiduidad se apela a estados de excepción
en los cuales se suspenden los derechos y los ejecutivos son
potenciados. El Estado burgués frente a las luchas populares manda
reprimir a los militares y estos comprenden que es mejor quedarse con
el gobierno. Cuándo analiza "18 de Brumario" hace ver como
Luis Bonaparte introdujo el método de ganarse al lumpen y sea una
fuerza de represión para usarla contra el pueblo.
Lenin:
con el imperialismo las fuerzas armadas se potencian mucho más y
toda la economía se militariza, la burocracia crece
inmensamente y el aparato estatal
se
hacía cada vez más represivo. Pero,
Lenin,
no tuvo la ocasión de ver el fascismo.
El
Estado burgués entra en grave crisis después de la I Guerra
Mundial.
Crisis
del Estado burgués, que
para
Mariátegui
es
crisis
del parlamentarismo. El fascismo va a surgir como una necesidad del
Estado burgués para frenar la revolución. ¿Por qué no surgió en
Rusia?. La revolución en Rusia se adelantó al surgimiento del
fascismo, pero cuando la revolución avanza en Europa se presenta. El
fascismo
va
a
desarrollar lucha contra el parlamento hasta que lo aplasta.
En
Italia
la burguesía demoliberal como
veremos en el artículo “Nuevos aspectos de la batalla fascista”,
"La retirada del Aventino", nadie hacía caso y Mussolini
los aplasta estando en el poder.
En
el caso de Alemania,
la revolución de Octubre repercutió y se produce la revolución del
19, que fue una revolución abortada. La social democracia tomó el
poder al amparo de Hindenburg, Mariscal jefe nacional, Junker y
provocaron a los revolucionarios y luego los aplastó. No había en
ese momento un Partido
Comunista suficientemente
formado, ni dirigentes con la suficiente experiencia. Fueron
apresados sus dirigentes (Rosa de Luxemburgo) pero la revolución
prende el 23, no contaban con Partido
maduro
aún cuando había situación revolucionaria y había la presión de
Francia sobre Alemania (pago de
reparaciones de guerra, Tratado de Versalles).
El Partido se levanta y es aplastado y se aniquilan a los pocos
dirigentes de ese entonces, hasta la zona de Bavaria, y en esas
condiciones el nacional socialismo se desenvuelve.
Los
comunistas siempre trataron de unirse con otras posiciones, pero los
socialdemócratas nunca quisieron porque sirven al orden y son los
viejos revisionistas y siempre recurren a una fuerza contraria, al
ejército, para que mantengan al orden. Aparece y tiene mayor
influencia Hitler apoyado por la burguesía financiera internacional,
incluso la de Estados
Unidos (Rockefeller).
Los nazis querían tener una contención contra el comunismo y ser
una punta de lanza contra la Unión Soviética.
Del
29 al 33 hubo gran crisis en el mundo y repercute en
Alemania
y no se toma el poder y la socialdemocracia apoyaba a la reacción;
eso produce
que Hitler gane las elecciones, como Primer Ministro. Llega al
parlamento) el 29 pero el poder lo copa el año 33 (4 años en medio
de dura lucha). Se le presentó al fascismo la necesidad de pactar
con el ejército, igual que a Mussolini.
Hitler
tuvo que podar y eliminar a parte de su partido (la noche de los
cuchillos largos) en una sola noche los aniquilan aquellos que
querían hacer la revolución
nacional socialista contra los ricos. Luego de la poda contra todo el
mundo y los propios socialdemócratas.
En
España,
es otro caso, allí la diferencia es que una revolución estaba en
marcha y son las Fuerzas Armadas las que tienen que levantar y
enarbolar el fascismo. Había el antecedente fascista de Primo de
Rivera (Cuartelazo de los años 20, ver
como ve esto Mariátegui).
A comienzos de los 30 avanza la revolución española y se da el
fascismo. Aparece José Antonio Primo de Rivera, que plantea la
falange, la necesidad de desarrollar el sindicato, entendido como la
reunión de los productores en nombre de la España eterna, católica,
de tradiciones inmutables. Se produce el 34 el levantamiento de
Asturias, que le puso los pelos de punta a la reacción y el ejército
se levanta, comandado por Sanjurjo, Franco lo va a suceder como jefe
del ejército. No hubo lucha parlamentaria para producir el fascismo,
ya que los movimientos fueron tan grandes que no les quedó otro
camino que usar la fuerza y que los revolucionarios mataron a Primo
de Rivera.
México:
había un general Díaz que estuvo como 30 años de presidente y el
año 10 comienza la revolución mexicana. Aparece Madero, que era
demoliberal, se genera una explosión de tipo campesino y no hay un
partido capaz de conducir una revolución. Madero al subir es
asesinado y se produce una anarquía. Más o menos 10 años de
revolución con luchas campesinas y sucesivos presidentes.
Todo
este proceso culmina con Obregón y van a dar la Constitución del
17, que es la actual con
sucesiva reformas, sobre todo a partir de los 90 (Concenso de
Washigtón). Con la Constitución de 1917
el proceso comienza a asentarse.
Lo único que hizo todo el movimiento es restringir la propiedad
feudal, pero no se la barrió. El Estado
mexicano se parece al estado italiano como una gota a la otra
(Mariátegui). Por los años 20 sale el PRI que jamás ha perdió una
elección hasta
los 90 del siglo XX.
La
acción se polariza entre la revolución y contrarrevolución y las
formas demoburguesas y los idearios demoliberales son insuficientes
para contener la revolución, de ahí la necesidad del fascismo una
de las dos formas
que
adopta el proceso
de la reaccionarización del Estado burgués, la
otra es la
centralización absoluta del Poder en el Ejecutivo, el
absolutismo presidencialista (por ejemplo, USA)
El
35 se va a realizar el 7° Congreso de
la Internacional Comunista.
Dimitrov
analizando
el problema del fascismo, va a plantear que el fascismo, es la
expresión estatal de la burguesía financiera, de la oligarquía
financiera que aplica el terror más descarado. La definición así
centra en el terror. Pero,
Dimitrov
analiza antes de
este Congreso el
fascismo, como Clara Zetkin, y su
planteamiento es que hay que ver la negación de las libertades
burguesas que encierra el fascismo.
El
fascismo y el terror.- Dimitrov
va a plantear en el
7° Congreso
la posibilidad de la unidad de los demoliberales contra el fascismo.
Eso hace ver que no era todo terror, entendía que el fascismo era la
negación de lo demoliberal. Dimitrov considera al fascismo como
Estado que representa y defiende los intereses de la burguesía
financiera (gran burguesía), rechazando los criterios demoliberales,
sus principios, introduciendo los criterios fascistas de negación de
sus principios demoliberales, rechazando el orden demoburgués
parlamentario para plantear el corporativismo y que además usan el
terror, política blanda y política dura. El terror, lo que hace el
fascismo es desarrollar más violencia como un instrumento
paralizante y de dominio, para lograr sus objetivos de aplicar sus
objetivos fascistas y el orden corporativo (objetivo político).
La
reaccionarización del Estado burgués, primero,
reiterar que
en nuestro caso es
Estado terrateniente-burocrático,
es decir, de dictadura conjunta de los grandes burgueses y
terratenientes al servicio del imperialismo, dirigido por la gran
burguesía, de allí deriva el carácter de clase de los gobiernos,
sean estos
de
signo demoburgués o fascista. No es,
como
la LOD revisionista y capitulacionista trata
de confundir, “Estado
capitalista”.
La
reaccionarización
del Estado
puede ser de centralización absoluta en el Ejecutivo
(presidencialismo absoluto), régimen demoburgués
de creciente restricción de derechos y libertades o puede
tomar la forma de
negación del régimen demoburgués:
el fascismo. Eso hay que diferenciar en cada proceso concreto.
Pero,
en general, en
el proceso del Estado burgués, el sistema demoburgués se ve
compelido
a
tomar más medidas para restringir y sofrenar las luchas, no es que
los demoliberales den un salto al fascismo, pero con las leyes de
restricción que dan preparan el camino.
Por
eso,
Dimitrov va a analizar que el fascismo no es igual en todas partes,
tiene formas concretas según las condiciones en que se desenvuelve y
el grado de la revolución, y puede convivir con el parlamento por un
tiempo. Pero tiene cosas generales que son comunes, barre todo lo que
es democrático-burgués, potencian el nacionalismo usan la demagogia
social (lucha contra los ricos), apuntan a los bancos, es expresión
clara ya que hasta por sus edificios son clara expresión de riqueza.
Grandes ofrecimientos a las masas, a los obreros les ofrecen trabajo
para la desocupación, a los campesinos tierra, a los jóvenes
estudio, educación a los intelectuales, capacidad para desarrollar
sus facultades. Son cínicos se basan en la mentira más descarada.
El
Presidente Gonzalo y el PCP
dicen
que eso no cabe en nosotros
el frente antifascista,
son otras las situaciones. Pero,
que hay que utilizar las contradicciones entre las dos facciones
reaccionarias, la demoburguesa y la fascista, sin ponernos a la cola
de ninguna de ella. Ver aquí el problema de las convergencias
objetivas.
Que
no cabe plantear frente antifascista, lo
que corresponde es el
frente único de la revolución democrática, que varía según el
desarrollo de las contradicciones fundamentales y las etapas de la
guerra popular. Y, en los países imperialistas lo que corresponde es
el frente de la revolución socialista. En ambos casos , esto quiere
decir, que la única forma de estar preparados y hacer frente a
cualquier circunstancia de la lucha de clases nacional e
internacional, es desarrollar mediante la guerra popular la
revolución en el propio país como parte y al servicio de la
Revolución Mundial.
Para
terminar esta presentación, parafraseando
a Mariátegui (ver último párrafo del
segundo artículo que publicamos a continuación),
decimos: la batalla final no es entre fascismo y democracia, sino
entre revolución y contrarrevolución.
José Carlos Mariátegui
La escena contemporánea
(*) Apareció
aproximadamente el 25 de noviembre de 1925
I. BIOLOGIA DEL FASCISMO
MUSSOLINI Y EL FASCISMO
FASCISMO
y Mussolini son dos palabras consustanciales y solidarias.
Mussolini es el animador, el líder, el duce máximo del fascismo. El
fascismo es la plataforma, la tribuna y el carro de Mussolini. Para
explicarnos una parte de este episodio de la crisis europea,
recorramos rápidamente la historia de los fasci y de su caudillo.
Mussolini,
como es sabido, es un político de procedencia socialista. No tuvo
dentro del socialismo una posición centrista ni templada sino una
posición extremista e incandescente. Tuvo un rol consonante con su
temperamento. Porque Mussolini es, espiritual y orgánicamente, un
extremista. Su puesto está en la extrema izquierda o en la extrema
derecha. De 1910 a 1911 fue uno de los líderes de la izquierda
socialista. En 1912 dirigió la expulsión del hogar socialista de
cuatro diputados partidarios de la colaboración ministerial: Bonomi,
Bissolati, Cabrini y Podrecca. Y ocupó entonces la dirección del
Avanti. Vinieron 1914 y la Guerra. El socialismo italiano reclamó
la neutralidad de Italia. Mussolini, invariablemente inquieto y
beligerante, se rebeló contra el pacifismo de sus correligionarios.
Propugnó la intervención de Italia en la guerra. Dio, inicialmente,
a su intervencionismo un punto de vista revolucionario. Sostuvo que
extender y exasperar la guerra era apresurar la revolución europea.
Pero, en realidad, en su intervencionismo latía su psicología
guerrera que no podía avenirse con una actitud tolstoyana y pasiva
de neutralidad. En noviembre de 1914, Mussolini abandonó la
dirección del Avanti y fundó en Milán Il Popolo d'Italia para
preconizar el ataque a Austria. Italia se unió a la Entente. Y
Mussolini, propagandista de la intervención, fue también un soldado
de la intervención.
Llegaron
la victoria, el armisticio, la desmovilización. Y, con estas cosas,
llegó un período de desocupación para los intervencionistas.
D'Annunzio nostálgico de gesta y de epopeya, acometió la aventura
de Fiume. Mussolini creó los fasci di combatimento: haces o fajos de
combatientes. Pero en Italia el instante era revolucionario y
socialista. Para Italia la guerra había sido un mal negocio. La
Entente le había asignado una magra participación en el botín.
Olvidadiza de la contribución de las armas italianas a la victoria,
le había regateado tercamente la posesión de Fiume. Italia, en
suma, había salido de la guerra con una sensación de descontento y
de desencanto. Se realizaron, bajo esta influencia, las elecciones. Y
los socialistas conquistaron 155 puestos en el parlamento. Mussolini,
candidato por Milán, fue estruendosamente batido por los votos
socialistas.
Pero
esos sentimientos de decepción y de depresión nacionales eran
propicios a una violenta reacción nacionalista. Y fueron la raíz
del fascismo. La clase media es peculiarmente accesible a los más
exaltados mitos patrióticos. Y la clase media italiana, además, se
sentía distante y adversaria de la clase proletaria socialista. No
le perdonaba su neutralismo. No le perdonaba los altos salarios, los
subsidios del Estado, las leyes sociales que durante la guerra y
después de ella había conseguido del miedo a la revolución. La
clase media se dolía y sufría de que el proletariado, neutralista y
hasta derrotista, resultase usufructuario de una guerra que no había
querido. Y cuyos resultados desvalorizaba, empequeñecía y
desdeñaba. Estos malos humores de la clase media encontraron un
hogar en el fascismo. Mussolini atrajo así la clase media a sus
fasci di combatimento.
Algunos
disidentes del socialismo y del sindicalismo se enrolaron en los
fasci aportándoles su experiencia y su destreza en la organización
y captación de masas. No era todavía el fascismo una secta
programática y conscientemente reaccionaria y conservadora. El
fascismo, antes bien, se creía revolucionario. Su propaganda
tenía matices subversivos y demagógicos. El fascismo, por
ejemplo, ululaba contra los nuevos ricos. Sus principios
-tendencialmente republicanos y anti-clericales- estaban impregnados
del confusionismo mental de la clase media que, instintivamente
descontenta y disgustada de la burguesía, es vagamente hostil al
proletariado. Los socialistas italianos cometieron el error de no
usar sagaces armas políticas para modificar la actitud espiritual de
la clase media. Más aún. Acentuaron la enemistad entre el
proletariado y la piccola borghesia, desdeñosamente tratada y
motejada por algunos hieráticos teóricos de la ortodoxia
revolucionaria.
Italia
entró en un período de guerra civil. Asustada por las chances de la
revolución, la burguesía armó, abasteció y estimuló
solícitamente al fascismo. Y lo empujó a la persecución
truculenta del socialismo, a la destrucción de los sindicatos y
cooperativas revolucionarias, al quebrantamiento de huelgas e
insurrecciones. El fascismo se convirtió así en una milicia
numerosa y aguerrida. Acabó por ser más fuerte que el Estado mismo.
Y entonces reclamó el poder. Las brigadas fascistas conquistaron
Roma. Mussolini, en "camisa negra", ascendió al
gobierno, constriñó a la mayoría del parlamento a obedecerle,
inauguró un régimen y una era fascistas.
Acerca
de Mussolini se ha hecho, mucha novela y poca historia. A causa de su
beligerancia política, casi no es posible una definición objetiva y
nítida de su personalidad y su figura. Unas definiciones son
ditirámbicas y cortesanas; otras definiciones son rencorosas y
panfletarias. A Mussolini se le conoce, episódicamente, a través de
anécdotas e instantáneas. Se dice, por ejemplo, que Mussolini es
el artífice del fascismo. Se cree que Mussolini ha "hecho"
el fascismo. Ahora bien, Mussolini es un agitador avezado, un
organizador experto, un tipo vertiginosamente activo. Su actividad,
su dinamismo, su tensión, influyeron vastamente en el fenómeno
fascista. Mussolini, durante la campaña fascista, hablaba un mismo
día en tres o cuatro ciudades. Usaba el aeroplano para saltar de
Roma a Pisa, de Pisa a Bolonia, de Bolonia a Milán. Mussolini es un
tipo volitivo, dinámico, verboso, italianismo, singularmente dotado
para agitar masas y excitar muchedumbres. Y fue el organizador, el
animador, el condottiere del fascismo. Pero no fue su creador, no fue
su artífice. Extrajo de un estado de ánimo un movimiento
político; pero no modeló este movimiento a su imagen y semejanza.
Mussolini no dio un espíritu, un programa, al fascismo. Al
contrario, el fascismo dio su espíritu a Mussolini. Su
consustanciación, su identificación ideológica con los fascistas,
obligó a Mussolini a exonerarse, a purgarse de sus últimos residuos
socialistas. Mussolini necesitó asimilar, absorber el
antisocialismo, el chauvinismo de la clase media para encuadrar y
organizar a ésta en las filas de los fasci di combatimento. Y
tuvo que definir su política como una política reaccionaria,
anti-socialista, anti-revolucionaria. El caso de Mussolini se
distingue en esto del caso de Bonomi, de Briand y otros
ex-socialistas.
Bonomi,
Briand, no se han visto nunca forzados a romper explícitamente con
su origen socialista. Se han atribuido, antes bien, un socialismo
mínimo, un socialismo homeopático. Mussolini, en cambio, ha llegado
a decir que se ruboriza de su pasado socialista como se ruboriza un
hombre maduro de sus cartas de amor de adolescente. Y ha saltado del
socialismo más extremo al conservatismo más extremo. No ha
atenuado, no ha reducido su socialismo; lo ha abandonado total e
integralmente. Sus rumbos económicos, por ejemplo, son adversos a
una política de intervencionismo, de estadismo, de fiscalismo. No
aceptan el tipo transaccional de Estado capitalista y empresario:
tienden a restaurar el tipo clásico de Estado recaudador y gendarme.
Sus puntos de vista de hoy son diametralmente opuestos a sus puntos
de vista de ayer. Mussolini era un convencido ayer como es un
convencido hoy. ¿Cuál ha sido el mecanismo o proceso de su
conversión de una doctrina a otra? No se trata de un fenómeno
cerebral; se trata de un fenómeno irracional. El motor de este
cambio de actitud ideológica no ha sido la idea; ha sido el
sentimiento. Mussolini no se ha desembarazado de su socialismo,
intelectual ni conceptualmente. El socialismo no era en él un
concepto sino una emoción, del mismo modo que el fascismo tampoco es
en él un concepto sino también una emoción. Observemos un dato
psicológico y fisonómico: Mussolini no ha sido nunca un cerebral,
sino más bien un sentimental. En la política, en la prensa, no ha
sido un teórico ni un filósofo sino un retórico y un conductor. Su
lenguaje no ha sido programático, principista, ni científico, sino
pasional, sentimental. Los más flacos discursos de Mussolini han
sido aquéllos en que ha intentado definir la filiación, la
ideología del fascismo. El programa del fascismo es confuso,
contradictorio, heterogéneo: contiene, mezclados péle-méle,
conceptos liberales y conceptos sindicalistas. Mejor dicho,
Mussolini no le ha dictado al fascismo un verdadero programa; le ha
dictado un plan de acción.
Mussolini
ha pasado del socialismo al fascismo, de la revolución a la
reacción, por una vía sentimental, no por una vía conceptual.
Todas las apostasías históricas han sido, probablemente, un
fenómeno espiritual. Mussolini, extremista de la revolución
ayer, extremista de la reacción hoy, nos recuerda a Juliano.
Como este Emperador, personaje de Ibsen y de Mjerowskovsky, Mussolini
es un ser inquieto, teatral, alucinado, supersticioso y misterioso
que se ha sentido elegido por el Destino para decretar la persecución
del dios nuevo y reponer en su retablo los moribundos dioses
antiguos.
(...)
(...)
LA TEORIA FASCISTA
La
crisis del régimen fascista, precipitada por el proceso
Matteotti, ha esclarecido y precisado la fisonomía y el contenido
del fascismo.
El
partido fascista, antes de la marcha a Roma, era una informe
nebulosa. Durante mucho tiempo no quiso calificarse ni funcionar como
un partido, El fascismo, según muchos "camisas negras"
de la primera hora, no era una facción sino un movimiento.
Pretendía ser, más que un fenómeno político, un fenómeno
espiritual y significar, sobre todo, una reacción de la Italia
vencedora de Vittorio Veneto contra la política de desvalorización
de esa victoria y sus consecuencias. La composición, la
estructura de los fasci, explicaban su confusionismo ideológico. Los
fasci reclutaban sus adeptos en las más diversas categorías
sociales. En sus rangos se mezclaban estudiantes, oficiales,
literatos, empleados, nobles, campesinos, y aun obreros. La plana
mayor del fascismo no podía ser más policroma. La componían
disidentes del socialismo como Mussolini y Farinacci;
ex-combatientes, cargados de medallas, como Igliori y De Vecchi;
literatos futuristas exuberantes y bizarros como Filippo Marinetti y
Emilio Settimelli; ex-anarquistas de reciente conversión como
Massimo Rocca; sindicalistas corno Cessare Rossi y Michele Bianchi;
republicanos mazzinianos como Casalini; fiumanistas como Giunta y
Giuriati; y monarquistas ortodoxos de la nobleza adicta a la dinastía
de Savoya. Republicano, anticlerical, iconoclasta, en sus orígenes,
el fascismo se declaró más o menos agnóstico ante el régimen y la
iglesia cuando se convirtió en un partido.
La
bandera de la patria cubría todos los contrabandos y todos los
equívocos doctrinarios y programáticos. Los fascistas se
atribuían la representación exclusiva de la italianidad.
Ambicionaban el monopolio del patriotismo. Pugnaban por acaparar para
su facción a los combatientes y mutilados de la guerra. La
demagogia y el oportunismo de Mussolini y sus tenientes se
beneficiaron, ampliamente, a este respecto, de la maldiestra política
de los socialistas, a quienes una insensata e inoportuna vociferación
antimilitarista había enemistado con la mayoría de los
combatientes.
La
conquista de Roma y del poder agravó el equívoco fascista. Los
fascistas se encontraron flanqueados por elementos liberales,
democráticos, católicos, que ejercitaban sobre su mentalidad y su
espíritu una influencia cotidiana enervante. En las filas del
fascismo se enrolaron, además, muchas gentes seducidas únicamente
por el éxito. La composición del fascismo se tornó espiritual y
socialmente más heteróclita. Mussolini no pudo por esto,
realizar plenamente el golpe de Estado. Llegó al poder
insurreccionalmente; pero buscó, en seguida, el apoyo de la mayoría
parlamentaria. Inauguró una política de compromisos y de
transacciones. Trató de legalizar su dictadura. Osciló entre el
método dictatorial y el método parlamentario. Declaró que el
fascismo debía entrar cuanto antes en la legalidad. Pero esta
política fluctuante no podía cancelar las contradicciones que
minaban la unidad fascista. No tardaron en manifestarse en el
fascismo dos ánimas y dos mentalidades antitéticas. Una fracción
extremista o ultraísta propugnaba la inserción integral de la
revolución fascista en el Estatuto del Reino de Italia. El estado
demo-liberal debía, a su juicio, ser reemplazado por el Estado
fascista. Una fracción revisionista reclamaba, en tanto, una
rectificación más o menos extensa de la política del partido.
Condenaba la violencia arbitraria de los ras de provincias. Los ras,
como se designa a los jefes o condottieri regionales del partido
fascista, ejercían sobre las provincias una autoridad medioeval y
despótica. Contra el rasismo, contra el escuadrismo, insurgían los
fascistas revisio-nistas. El más categórico y autorizado líder
revisionista, Massimo Rocca, sostuvo ardorosas polémicas con los
líderes extremistas. Esta polémica tuvo vastas proyecciones. Se
quiso fijar y definir, de una y otra parte, la función y el ideario
del fascismo. El fascismo que hasta entonces no se había cuidado
sino de ser acción, empezaba a sentir la necesidad de ser también
una teoría. Curzio Suckert asignaba al fascismo una ánima
católica, medioeval, anti-liberal, anti-renacentista. El espíritu
del Renacimiento, el protestantismo, el liberalismo, era descrito
como un espíritu disolvente, nihilista, contrario a los intereses
espirituales de la italianidad. Los fascistas no reparaban en que,
desde sus primeras aventuras, se habían calificado, ante todo, como
asertores de la idea de la nación, idea de claros orígenes
renacentistas. La contradicción no parecía embarazarlos
sobremanera. Mario Pantaleoni y Michele Bianchi hablaban, por su
parte, del proyectado Estado fascista como un Estado sindical. Y
los revisionistas, de su lado, aparecían teñidos de un vago
liberalismo. Las tesis de Massimo Rocca suscitaron la protesta de
todos los extremistas. Y Massimo Rocca fue ex-confesado oficialmente
por la secta fascista como un hereje peligroso. Mussolini no se
mezclaba en estos debates. Ausente de la polémica, ocupaba
virtualmente en el fascismo una posición centrista. Interrogado,
cuidaba de no comprometerse con una respuesta demasiado precisa.
"Después de todo, ¿qué importa el contenido teórico de un
partido? Lo que le da la fuerza y la vida es su tonalidad, es su
voluntad, es el ánima de aquéllos que lo constituyen".
Cuando
el trabajo de definición del fascismo había llegado a este punto,
sobrevino el asesinato de Matteotti. Al principio Mussolini anunció
la intención de depurar las filas fascistas. Esbozó, en un discurso
en el Senado, bajo la presión de la tempestad desencadenada por el
crimen, un plan de política normalizadora. A Mussolini le urgía en
ese instante satisfacer a los elementos liberales que sostenían su
gobierno. Pero todos sus esfuerzos por domesticar la opinión pública
fracasaron. El fascismo comenzó a perder sus simpatizantes y sus
aliados. Las defecciones de los elementos liberales y democráticos
que, en un principio, por miedo a la revolución socialista, lo
habían flanqueado y sostenido, aislaron gradualmente de toda opinión
no fascista al gobierno de Mussolini. Este aislamiento empujó al
fascismo a una posición cada día más beligerante. Prevaleció en
el partido la mentalidad extremista. Mussolini solía aún usar, a
veces, un lenguaje conciliador, con la esperanza de quebrantar o
debilitar el espíritu combativo de la oposición; pero, en realidad,
el fascismo volvía a una táctica guerrera. En la siguiente asamblea
nacional, del partido fascista, dominó la tendencia extremista que
tiene en Farinacci su condottiere más típico. Los revisionistas,
encabezados por Bottai, capitularon en toda la línea. Luego,
Mussolini nombró una comisión para la reforma del Estatuto de
Italia. En la prensa fascista, reapareció la tesis de que el Estado
demo-liberal debía ceder el paso al Estado fascista-unitario.
Este estado de ánimo del partido fascista tuvo su más enfática y
agresiva manifestación en el rechazo de la renuncia del diputado
Giunta del cargo de Vicepresidente de la Cámara. Giunta dimitió por
haber demandado el Procurador del Rey autorización para procesarlo
como responsable de la agresión al fascista disidente
Cesare
Forni. Y la mayoría fascista quiso ampararlo con una declaración
estruendosa y explícita de solidaridad. Tal actitud no pudo ser
mantenida. La mayoría fascista, en una votación posterior, la
rectificó a regañadientes, constreñida por una tempestad de
protestas. Mussolini necesitó emplear toda su autoridad para obligar
a los diputados fascistas a la retirada. No consiguió, sin embargo,
impedir que Michele Bianchi y Farinacci se declararan descontentos de
esta maniobra oportunista, inspirada en consideraciones de táctica
parlamentaria.
El
super-fascismo, el ultra-fascismo, o como quiera llamársele, no
tiene un solo matiz. Va del fascismo rasista o escuadrista de
Farinacci al fascismo integralista de Michele Bianchi y Curzio
Suckert. Farinacci encarna el espíritu de las escuadras de camisas
negras que, después de entrenarse truculentamente en los raids
punitivos contra los sindicatos y las cooperativas socialistas,
marcharon sobre Roma para inaugurar la dictadura fascista. Farinacci
es un hombre tempestuoso e incandescente a quien no le interesa la
teoría sino la acción. Es el tipo más genuino del ras fascista.
Tiene en un puño a la provincia de Cremona, donde dirige un diario
Cremona Nuova que amenaza consuetudinariamente a los grupos y
políticos de oposición con una segunda "oleada" fascista.
La primera "oleada" fue la que condujo a la conquista de
Roma. La segunda "oleada", según el léxico acérrimo de
Farinacci, barrería a todos los adversarios del régimen fascista en
una noche de San Bartolomé. Ex-ferroviario, ex-socialista, Farinacci
tiene una psicología de agitador y de condottiere. En sus artículos
y en sus discursos anda a cachiporrazos con la gramática. La prensa
de oposición remarca frecuentemente esta característica de su
prosa. Farinacci confunde en el mismo odio feroz la democracia, la
gramática y el socialismo. Quiere ser, en todo instante, un genuino
camisa negra. Más intelectuales, pero no menos apocalípticos que
Farinacci, son los fascistas del diario L'Impero de Roma. Dirigen
este diario dos escritores procedentes del futurismo, Mario Carli y
Emilio Settimelli, que invitan al fascismo a liquidar definitivamente
el régimen parlamentario. L'Impero es delirantemente imperialista.
Armada del hacha del lictor, la Italia fascista tiene, según
L'Impero, una misión altísima en el actual capítulo de la historia
del mundo. También preconiza L'Impero la segunda oleada fascista.
Michele Bianchi y Curzio Suckert son los teóricos del fascismo
integral. Bianchi bosqueja la técnica del estado fascista que
concibe casi como un trust vertical de sindicatos o corporaciones.
Suckert, director de La Conquista dello Stato, discurre
filosóficamente.
Con
esta tendencia convive, en el partido fascista, una tendencia
moderada, conservadora, que no reniega el liberalismo ni el
Renacimiento, que trabaja por la normalización del fascismo y que
pugna por encarrilar el gobierno de Mussolini dentro de una legalidad
burocrática. Forman el núcleo de la tendencia moderada los
antiguos nacionalistas de L'Idea Nazionale absorbidos por el fascismo
a renglón seguido del golpe de Estado. La ideología de estos
nacionalistas es más o menos la misma de la vieja derecha liberal.
Pávidos monarquistas, se oponen a que el golpe de estado fascista
comprometa en lo menor las bases de la monarquía y del Estatuto.
Federzoni, Paolucci, representan esta zona templada del fascismo.
Pero,
por su mentalidad, por su temperamento y por sus antecedentes los
fascistas del tipo de Federzoni y de Paolucci son los que menos
encarnan el verdadero fascismo. Se trata, en su caso, de prudentes
y mesurados conservadores. Ningún romanticismo exorbitante,
ninguna desesperada nostalgia del Medioevo, los saca de quicio. No
tienen psicología de condottieri. Farinacci, en cambio, es un
ejemplar auténtico de fascista. Es el hombre de la cachiporra,
provinciano, fanático, catastrófico, guerrero, en quien el fascismo
no es un concepto, no es una teoría, sino, tan sólo, una pasión,
un impulso, un grito, un "alalá".
LOS
NUEVOS ASPECTOS DE LA BATALLA FASCISTA
El
fascismo es la reacción, como casi todos lo saben o casi todos creen
saberlo. Pero la compleja realidad del fenómeno fascista no se deja
captar íntegramente en una definición simplista y esquemática.
El Directorio también es la reacción. Y, sin embargo, no se
puede estudiar la reacción en el Directorio como en el
fascismo. No sólo por desdén de la estupidez fanfarrona y
condecorada de Primo de Rivera y de sus secuaces. No sólo por la
convicción de que estos mediocrísimos tartarines son demasiado
insignificantes y triviales para influir en el curso de la historia.
Sino, sobre todo, porque el fenómeno reaccionario debe ser
considerado y analizado ahí donde se manifiesta en toda su potencia,
ahí donde señala la decadencia de una democracia antes vigorosa,
ahí donde constituye la antítesis y el efecto de un extenso y
profundo fenómeno revolucionario.
En
Italia, la reacción nos ofrece su experimento máximo y su máximo
espectáculo. El fascismo italiano representa, plenamente, la
anti-revolución o, como se prefiera llamarla, la contra-revolución.
La ofensiva fascista se explica, y se cumple, en Italia, como una
consecuencia de una retirada o una derrota revolucionaria. El régimen
fascista no se ha incubado en un casino. Se ha plasmado en el seno de
una generación y se ha nutrido de las pasiones y de la sangre de una
espesa capa social. Ha tenido, cual animador, cual caudillo, a un
hombre del pueblo, intuitivo, agudo, vibrante, ejercitado en el
dominio y en el comando y en la seducción de la muchedumbre, nacido
para la polémica y para el combate y que, excluido de las filas
socialistas, ha querido ser el condottiere, rencoroso e implacable,
del anti-socialismo y ha marchado a la cabeza de la anti-revolución
con la misma exaltación guerrera con que le habría gustado marchar
a la cabeza de la revolución. El régimen fascista, finalmente,
ha sustituido, en Italia, a un régimen parlamentario y democrático
mucho más evolucionado y efectivo, que el asaz embrionario y
ficticio liquidado, o simplemente interrumpido, en España, por el
general Primo de Rivera. En la historia del fascismo, en suma, se
siente latir activa, compacta y beligerante, la totalidad de las
premisas y de los factores históricos y románticos, materiales y
espirituales de una anti-revolución. El fascismo se formó en un
ambiente de inminencia revolucionaria —ambiente de agitación, de
violencia, de demagogia y de delirio— creado física y moralmente
por la guerra, alimentado por la crisis post-bélica, excitado por la
revolución rusa. En este ambiente tempestuoso, cargado de
electricidad y de tragedia, se templaron sus nervios y sus bastones,
y de este ambiente recibió la fuerza, la exaltación y el espíritu.
El fascismo, por el concurso de estos varios elementos, es un
movimiento, una corriente, un proselitismo.
El
experimento fascista, cualquiera que sea su duración, cualquiera que
sea su desarrollo, aparece inevitablemente destinado a exasperar la
crisis contem-poránea, a minar las bases de la sociedad burguesa, a
mantener la inquietud post-bélica. La democracia emplea contra la
revolución proletaria las armas de su criticismo, su racionalismo,
su escepticismo. Contra la revolución moviliza a la Inteligencia e
invoca la Cultura. El fascismo, en cambio, al misticismo
revolucionario opone un misticismo reaccionario y nacionalista.
Mientras los críticos liberales de la revolución rusa condenan en
nombre de la civilización el culto de la violencia, los capitanes
del fascismo lo proclaman y lo predican como su propio culto. Los
teóricos del fascismo niegan y detractan las concepciones
historicistas y evolucionistas que han mecido, antes de la guerra, la
prosperidad y la digestión de la burguesía y que, después de la
guerra, han intentado renacer reencarnadas en la Democracia y en la
Nueva Libertad de Wilson y en otros evangelios menos puritanos.
El
misticismo reaccionario y nacionalista, una vez instalado en el
poder, no puede contentarse con el modesto oficio de conservar el
orden capitalista. El orden capitalista es demo-liberal, es
parlamentario, es reformista o transformista. Es, en el terreno
económico o financiero, más o menos internacionalista. Es, sobre
todo, un orden consustancial con la vieja política. ¿Y qué
misticismo reaccionario o nacionalista no se amasa con un poco de
odio o de retractación de la vieja política parlamentaria y
democrática, acusada de abdicación o de debilidad ante la
"demagogia socialista" y el "peligro comunista"?
¿No es éste, tal vez, uno de los más monótonos ritornellos de las
derechas francesas, de las derechas alemanas, de todas las derechas?
Por consiguiente, la reacción, arribada al poder, no se conforma
con conservar; pretende rehacer. Puesto que reniega el presente, no
puede conservarlo ni continuarlo: tiene que tratar de rehacer el
pasado. El pasado que se condensa en estas normas: principio de
autoridad, gobierno de una jerarquía, religión del Estado, etc. O
sea las normas que la revolución burguesa y liberal desgarró y
destruyó porque entrababan el desarrollo de la economía
capitalista. Y acontece, por tanto que, mientras la reacción se
limita a decretar el ostracismo de la Libertad y a reprimir la
Revolución, la burguesía bate palmas; pero luego, cuando la
reacción empieza a atacar los fundamentos de su poder y de su
riqueza, la burguesía siente la necesidad urgente de licenciar a sus
bizarros defensores.
La
experiencia italiana es extraordinariamente instructiva a este
respecto. En Italia, la burguesía saludó al fascismo como a un
salvador. La Terza Italia cambió la garibaldina camisa roja por
la mussoliniana camisa negra. El capital industrial y agrario
financiaron y armaron a las brigadas fascistas. El golpe de
estado fascista obtuvo el consenso de la mayoría de la Cámara. El
liberalismo se inclinó ante el principio de autoridad. Pocos
liberales, pocos demócratas, rehusaron enrolarse en el séquito del
Duce. Entre los parlamentarios, Nitti, Amendola, Albertini. Entre
los escritores, Guglielmo Ferrero, Mario Missiroli, algunos otros.
Los clásicos líderes del liberalismo, —Salandra, Orlando,
Giolitti— con más o menos intensidad, concedieron su, confianza a
la dictadura. Transitoriamente, la adhesión o la confianza de esa
gente resultó embarazosa para el fascismo; le imponía un trabajo de
absorción, superior a sus fuerzas, superior a sus posibilidades. El
espíritu fascista no podía actuar libremente si no digería y
absorbía antes el espíritu liberal. En la imposibilidad de
elaborarse una ideología propia, el fascismo corría el riesgo de
adoptar, más o menos atenuada, la ideología liberal que lo
envolvía.
La
tormenta política desencadenada por el asesinato de Matteotti aportó
una solución para este problema. El liberalismo se separó
del fascismo. Giolitti, Orlando, Salandra, Il Giornale d'Italia,
etc., asumieron una actitud de oposición. No siguieron al bloque de
oposición a su retiro del Aventino. Permanecieron en la Cámara.
Parlamentarios orgánicos, no podían hacer otra cosa. El fascismo
quedó aislado. A sus flancos no continúan sino algunos
liberales-nacionales y algunos católicos-nacionales, esto es, los
elementos más nacionalistas y conservadores de los antiguos
partidos.
Las
oposiciones esperaban forzar así al fascismo a dejar el poder.
Pensaban que, hecho el vacío a su alrededor, el fascismo caería
automáticamente. Los comunistas combatieron esta ilusión.
Propusieron a la oposición del Aventino su constitución en
parlamento del pueblo. Frente al parlamento, fascista de
Montecitorio debía funcionar el parlamento anti-fascista del
Aventino. Había que llevar, a sus últimas consecuencias
políticas e históricas, el boicot de la Cámara. Pero ésta
era, franca y neta, la vía de la revolución. Y
el bloque del Aventino no es revolucionario. Se siente y se
proclama normalizador. La invitación comunista no pudo, pues, ser
aceptada. El bloque del Aventino se contentó con plantear la
famosa cuestión moral la oposición aventiniana rehusaba volver
a la Cámara mientras ejerciesen el poder, cubiertos por el voto de
su mayoría, los hombres sobre quienes pesaba la responsabilidad del
asesinato, de Matteotti, responsabilidad que bajo un gobierno
fascista, la justicia se encontraba coactada para esclarecer y
examinar.
Mussolini
respondió a esta declaración de intransigencia con una maniobra
política. Envió a la Cámara un proyecto de ley electoral. En la
práctica parlamentaria italiana este trámite precede y anuncia la
convocatoria a elecciones políticas. ¿Se abstendrían también los
partidos del Aventino de concurrir a las elecciones? El bloque se
ratificó en su intransigencia. Insistió en la tacha moral. La
prensa de oposición publicó un memorial de Cessare Rossi, escrito
por éste antes de su arresto, en el cual el presunto mandante del
asesinato de Matteotti acusa a Mussolini. La tacha estaba
documentada. Pero la dialéctica de la oposición reposaba en un
equívoco. La cuestión moral no podía dominar la cuestión
política. Tenía, antes bien, que suceder lo contrario. La cuestión
moral era impotente para decidir al fascismo a marcharse del
gobierno.
Mussolini
se lo recordó a la oposición en su acre discurso del 3 de enero en
la Cámara. El preámbulo de su discurso fue la lectura del articulo
47 del Estatuto de Italia que otorga a la Cámara de Diputados el
derecho de acusar a los Ministros del Rey y de enviarlos ante la alta
Corte de Justicia. "Pregunto formalmente -dijo- si en esta
Cámara o fuera de aquí existe alguien que se quiera valer del
artículo 47". Y, luego, con dramática entonación, reclamó
para si todas las responsabilidades del fascismo. "Si el
fascismo —declaró— no ha sido sino óleo de ricino y cachiporra,
y no una pasión soberbia de la mejor juventud italiana, ¡a mí la
culpa! Si el fascismo ha sido una asociación de delinquir, bien, ¡yo
soy el jefe y el responsable de esta asociación de delinquir! Si
todas las violencias han sido el resultado de un determinado clima
histórico, político y moral, bien, ¡a mí la responsabilidad,
porque este clima histórico, político y moral lo he creado yo!"
Y anunció, en seguida, que en cuarentiocho horas la situación
quedaría aclarada. ¿Cómo ha cumplido su palabra? En una manera tan
simple como notoria. Sofocando casi totalmente la libertad de prensa.
La oposición, privada casi de la tribuna de la prensa, resulta
perentoria y rudamente invitada a tornar a la tribuna del parlamento.
En el Aventino se prepara ya el retorno a la Cámara.
En
un reciente artículo de la revista Gerarchia, titulado "Elogio
a los Gregarios", Mussolini revista marcialmente las peripecias
de la batalla. Polemiza con la oposición. Y exalta la disciplina de
sus tropas. "La disciplina del fascismo -escribe- tiene
verdaderamente aspectos de religión". En esta disciplina
reconoce "el ánimo de la gente que en las trincheras ha
aprendido a conjugar, en todos los modos y tiempos, el verbo sagrado
de todas las religiones: obedecer" y "el signo de la nueva
Italia que se despoja una vez por todas de la vieja mentalidad
anarcoide con la intuición de que únicamente en la silenciosa
coordinación de todas las fuerzas, a las órdenes toria".
Aislado,
bloqueado, boicoteado, el fascismo deviene más beligerante, más
combativo, más intransigente. La oposición liberal y democrática
lo ha devuelto a sus orígenes. El ensayo reaccionario, libre del
lastre que antes lo entrababa y enervaba interiormente, puede ahora
cumplirse en toda su integridad. Esto explica el interés que, como
experiencia histórica, tiene para sus contemporáneos la batalla
fascista.
El
fascismo, que durante dos años se había contentado casi con
representar en el poder el papel de gendarme del capitalismo,
pretende hoy reformar sustancialmente el Estatuto de Italia. Se
propone, según sus líderes y su prensa, crear el Estado fascista.
Insertar la revolución fascista en la Constitución italiana.
Una comisión de dieciocho legisladores fascistas, presidida por el
filósofo Giovanni Gentile, prepara esta reforma constitucional.
Farinacci, líder del extremismo fascista, llamado en esta emergencia
a la secretaría general del partido, declara que el fascismo "ha
perdido dos años y medio en el poder". Ahora, liberado de la
pesada alianza de los liberales, purgado de los residuos de la vieja
política, se propone recuperar el tiempo perdido. Todos los
capitanes del fascismo hablan un lenguaje más exaltado y místico
que nunca. El fascismo quiere ser una religión. Giovanni Gentile
en un ensayo sobre los "caracteres religiosos de la presente
lucha política", observa que "hoy se rompen, en Italia, a
causa del fascismo, aquellos que parecían hasta ayer los más
sólidos vínculos personales de amistad y de familia". Y de
esta guerra, el filósofo del idealismo no se duele. El filósofo del
idealismo es, desde hace algún tiempo, el filósofo de la violencia.
Recuerda, en su ensayo, las palabras de Jesucristo: Non veni pacem
mitters, sed gladium. Ignem veni mittere in terrain. Y remarca, a
propósito de la cuestión moral, que "esta tonalidad religiosa
de la psicología fascista ha generado la misma tonalidad en la
psicología anti-fascista".
Giovanni
Gentile, poseído de la fiebre de su facción, exagera ciertamente.
En el Aventino no ha prendido aún la llama religiosa. Menos aún ha
prendido, ni puede prender, en Giolitti. Giolitti y el Aventino
representan el espíritu y la cultura demo-liberales con todo su
escepticismo, con todo su racionalismo, con todo su criticismo.
La lucha presente devolverá al espíritu liberal un poco de su
antigua fuerza combativa. Pero no logrará que renazca como fe, como
pasión, como religión. El programa del Aventino y de Giolitti es la
normalización. Y por su mediocridad, este programa no puede
sacudir a las masas, no puede exaltarlas, no puede conducirlas contra
el régimen fascista. Sólo en el misticismo revolucionario de
los comunistas se constatan los caracteres religiosos que Gentile
descubre en el misticismo reaccionario de los fascistas. La
batalla final no se librará, por esto, entre el fascismo y la
democracia.